lunes, 24 de enero de 2011

Nunca Se Es Demasiado



Siempre han estado ahí, desde que el tiempo es tiempo, como tantas otras cosas que no vemos y, por tanto, negamos su existencia.

Pues bien. Se conoce que, por alguna razón, los magos eligen para sus hogares lugares recónditos, muy escondidos, reservados y ocultos. Profundos valles entre altas montañas, cimas y picos que casi rozan los cielos, cuevas y cavernas que se hunden en las entrañas del mundo. Cada cual escoge su sitio, acorde a su esencia, y habita en él, ocupado en sus asuntos.

Dicen que cuando se trata de verdaderos magos, pocas o ninguna veces se entrometen en los temas concernientes a la gente mal llamada normal. Pues sus luchas y batallas sólo producen una efímera gloria, sus logros y valores son superfluos, sus actos poco más que irrelevantes. Sus vidas, a menudo insignificantes, y aparentemente carentes de valor; los hombres se matan entre ellos con o sin razón alguna.


Ocurre que, una vez, existió un mago que se instaló en lo alto de una roca, similar a un pico de montaña invertido, que emergía del mar. Allí, de la noche a la mañana, como por arte de magia, construyó su casa. Y en su base, a una altura suficiente para evitar el efecto de las mareas, hizo una puerta que, noche y día, permanecía abierta, invitando a entrar a los pocos que, viajeros, pasaran por el lugar.

Una tarde, un joven de pelo cano venido de lejos, y cuyo camino se perdía más allá de la puesta de un sol ya poniente, divisó distante el fascinante equilibrio de la casa y, cansado, se acercó hasta ella. Se maravilló con la impresionante construcción alzada sobre las aguas, recorrió el trecho que la separaba de tierra firme con un bote que se encontraba varado en la arena, y subió hasta la puerta de entrada por unas escaleras de madera, como dejadas allí de casualidad. Tras ella, otras escaleras de caracol excavadas en la roca subían y subían, iluminadas por pequeños agujeros en las paredes de piedra que dejaban entrar la luz exterior.

La estancia a la que llegó tras subir el último escalón era amplia, con varias mesas rodeadas de sillas y multitud de estantes repletos de libros.
En un rincón, sentado ante una de ellas y con la cabeza gacha leyendo lo que podía ser un manuscrito, un hombre viejo saludó sin levantar la mirada.
- Adelante. Sé bienvenido, viajero.
- Gracias, buen hombre. He visto la casa a lo lejos, y al acercarme y comprobar que la puerta estaba abierta, he entrado y he llegado hasta aquí. Busco un lecho en el que descansar de la fatiga, y un poco de comida para dejar atrás el hambre. Le pagaré. Tengo monedas.
- Siéntate ante esa mesa, y come cuanto quieras - le dijo el mago, indicando con un gesto una mesa repleta de libros.
El joven, extrañado, se acercó a ella, se sentó en una silla, y cuando iba a decirle al viejo que los libros no saciaban su estómago ni aplacaban su sed, donde antes no había más que papeles apareció, en un instante, un banquete digno de un rey.
- ¿Cómo has hecho eso? ¿Cómo has creado esa magia? ¿Eres, acaso, mago? - preguntó sorprendido mientras probaba, dubitativo a la par que hambriento, algunos de los suculentos platos dispuestos ante sí.
- Los magos no crean magia. Aprenden a verla, pues la magia está presente en todo lugar. Y cuando la encuentran, la estudian, y se esfuerzan por entenderla. Luego, aprenden a usarla. Y sólo cuando les es tan conocida que casi forma parte de su ser, la utilizan.

Tras esas palabras, el viejo levantó por vez primera la mirada, observó apenas un instante al visitante, y volviendo a su lectura preguntó:
- ¿Y tú, viajero, de dónde vienes? ¿Hacia dónde vas?
El ahora comensal engulló sin apenas masticar, y acostumbrado a escuchar tal pregunta, sólo supo o quiso decir:
- Huyo de lo que la vida me ha quitado, y no puedo recuperar. Voy en busca de lo que quiera darme, o pueda encontrar.
- Cuéntame, entonces, a cambio de esa comida y el descanso, tu historia. No deberás pagarme más.
- ¿Acaso te importa mi triste vida? - preguntó desconfiado el joven. - Aquí tienes seguro millares de historias narradas en libros, llenos de sabiduría. Además, a tus años habrás vivido y oído multitud de experiencias y enseñanzas. No creo que aprendas nada útil del relato de mis dias.
- Amigo - respondió el mago pausadamente, sin alzar la mirada -, no afirmes aquello que ignoras, ni supongas cierto algo más allá de lo que sabes. Son pocas las verdades que conozco, pero recuerda esta: "nunca se es demasiado viejo para escuchar, ni demasiado sabio para aprender".
Y, tras una pausa, añadió:
- Tampoco demasiado joven... O ignorante.


- Nací lejos de aquí, en el seno de una familia... - comenzó a relatar, poco después, el huésped.


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