lunes, 30 de mayo de 2011

El Gigante Egoista

munecas de arcilla para el marido y mujer
Cada tarde, a la salida de la escuela, los niños se iban a jugar al jardín del Gigante. Era un jardín amplio y hermoso, con arbustos de flores y cubierto de césped verde y suave. Por aquí y por allá, entre la hierba, se abrían flores luminosas como estrellas, y había doce albaricoqueros que durante la Primavera se cubrían con delicadas flores color rosa y nácar, y al llegar el Otoño se cargaban de ricos frutos aterciopelados. Los pájaros se demoraban en el ramaje de los árboles, y cantaban con tanta dulzura que los niños dejaban de jugar para escuchar sus trinos. “¡Qué felices somos aquí!”, -se decían unos a otros. Pero un día el Gigante regresó.

Había ido a visitar a su amigo el Ogro de Cornish, y se había quedado con él durante los últimos siete años. Durante ese tiempo ya se habían dicho todo lo que se tenían que decir, pues su conversación era limitada, y el Gigante sintió el deseo de volver a su mansión. Al llegar, lo primero que vio fue a los niños jugando en el jardín. “¿Qué hacéis aquí?”, surgió con su voz retumbante. Los niños escaparon corriendo en desbandada. “Este jardín es mío.

Es mi jardín propio”, dijo el Gigante; “todo el mundo debe entender eso y no dejaré que nadie se meta a jugar aquí.” Y, de inmediato, alzó una pared muy alta, y en la puerta puso un cartel que decía: ENTRADA ESTRICTAMENTE PROHIBIDA BAJO LAS PENAS CONSIGUIENTES Era un Gigante egoísta... Los pobres niños se quedaron sin tener dónde jugar. Hicieron la prueba de ir a jugar a la carretera, pero estaba llena de polvo, estaba plagada de pedruscos, y no les gustó.

A menudo rondaban alrededor del muro que ocultaba el jardín del Gigante y recordaban nostálgicamente lo que había detrás. “¡Qué dichosos éramos allí!”, se decían unos a otros. “La Primavera se olvidó de este jardín”, se dijeron, “así que nos quedaremos aquí el resto del año.” Cuando la primavera volvió, toda la comarca se pobló de pájaros y flores. Sin embargo, en el jardín del Gigante Egoísta permanecía el invierno.

Como no había niños, los pájaros no cantaban, y los árboles se olvidaron de florecer. Sólo una vez una lindísima flor se asomó entre la hierba, pero apenas vio el cartel, se sintió tan triste por los niños que volvió a meterse bajo tierra y volvió a quedarse dormida. Los únicos que se sentían a gusto allí eran la Nieve y la Escarcha.

La Nieve cubrió la tierra con su gran manto blanco y la Escarcha cubrió de plata los árboles. Y en seguida invitaron a su triste amigo el Viento del Norte para que pasara con ellos el resto de la temporada. Y llegó el Viento del Norte. Venía envuelto en pieles y anduvo rugiendo por el jardín durante todo el día, desganchando las plantas y derribando las chimeneas. “¡Qué lugar más agradable”, dijo. “Tenemos que decirle al Granizo que venga a estar con nosotros también.” Y vino el Granizo. Todos los días se pasaba tres horas tamborileando en los tejados de la mansión, hasta que rompió la mayor parte de las tejas.

Después se ponía a dar vueltas alrededor, corriendo lo más rápido que podía. Se vestía de gris y su aliento era como el hielo. “No entiendo porqué la Primavera tarda tanto en llegar aquí”, decía el Gigante Egoísta cuando se asomaba a la ventana y veía su jardín cubierto de gris y blanco, “espero que pronto cambie el tiempo.” Pero la Primavera no llegó nunca, ni tampoco el Verano. El Otoño dio frutos dorados en todos los jardines, pero al jardín del Gigante no le dio ninguno.

“Es un gigante demasiado egoísta” decían los frutales. De esta manera, el jardín del Gigante quedó para siempre sumido en el Invierno, y el Viento del Norte, el Granizo, la Escarcha y la Nieve bailoteaban lúgubremente entre los árboles. Una mañana, el Gigante estaba en la cama todavía cuando oyó que una música muy hermosa llegaba desde afuera. Sonaba tan dulce en sus oídos, que pensó que tenía que ser el rey de los elfos que pasaba por allí. En realidad, era sólo un jilguerito que estaba cantando frente a su ventana, pero hacía tanto tiempo que el Gigante no escuchaba cantar ni un pájaro en su jardín, que le pareció escuchar la música más bella del mundo.

Entonces el Granizo detuvo su danza, y el Viento del Norte dejó de rugir y un perfume delicioso penetró por entre las persianas abiertas. “¡Qué bien! Parece que por fin llegó la Primavera” dijo el Gigante, y saltó de la cama para correr a la ventana. ¿Y qué es lo que vio? Ante sus ojos había un espectáculo maravilloso. A través de una brecha del muro habían entrado los niños, y habían trepado a los árboles. En cada árbol había un niño, y los árboles estaban tan felices de tenerlos nuevamente con ellos, que se habían cubierto de flores y balanceaban suavemente sus ramas sobre sus cabecitas infantiles. Los pájaros revoloteaban cantando alrededor de ellos, y los pequeños reían.

Era realmente un espectáculo muy bello. Sólo en un rincón se mantenía el Invierno. Era el rincón más apartado del jardín y en él se encontraba un niño, pero era tan pequeño que no lograba alcanzar las ramas del árbol, y el niño daba vueltas alrededor del viejo tronco llorando amargamente. El pobre árbol estaba todavía completamente cubierto de escarcha y nieve, y el Viento del Norte soplaba y rugía sobre él, sacudiéndole las ramas, que parecían a punto de quebrarse. “¡Súbete a mí, niñito!”, decía el árbol, inclinando sus ramas todo lo que podía.

Pero el niño era demasiado pequeño. El Gigante sintió que el corazón se le derretía. “¡Cuán egoísta he sido!” exclamó. Ahora sé porqué la Primavera no quería venir hasta aquí. Subiré a ese pobre niñito al árbol y después voy a tirar el muro. Desde hoy mi jardín será para siempre un lugar de juegos para los niños. Estaba realmente arrepentido por lo que había hecho.

Bajó entonces la escalera, abrió cautelosamente la puerta de la casa, y entró en el jardín. Pero en cuanto lo vieron los niños se aterrorizaron, salieron a escape y el jardín quedó en Invierno otra vez. Sólo quedó aquel pequeñín del rincón más alejado, porque tenía los ojos tan llenos de lágrimas que no vio venir al Gigante.

Entonces el Gigante se le acercó por detrás, lo cogió suavemente entre sus manos y lo subió al árbol. Y el árbol floreció de repente, y los pájaros vinieron a cantar en sus ramas, y el niño se abrazó al cuello del Gigante y le besó. Y los otros niños, cuando vieron que el Gigante ya no era malo, volvieron corriendo alegremente. Con ellos la Primavera volvió al jardín. “Desde ahora el jardín será para vosotros, hijos míos”, dijo el Gigante, y asiendo un hacha enorme, echó abajo el muro.

Al mediodía, cuando la gente se dirigía al mercado, todos pudieron ver al Gigante jugando con los niños en el jardín más hermoso que habían visto jamás. Estuvieron allí jugando todo el día, y al llegar la noche los niños fueron a despedirse del Gigante. “Pero, ¿dónde está el más pequeñito?”, preguntó el Gigante, “¿ese niño que subí al árbol del rincón?”

El Gigante lo quería más que a los otros, porque el pequeño le había dado un beso. “No lo sabemos” respondieron los niños, “se marchó solito.” “Decidle que vuelva mañana” dijo el Gigante. Pero los niños contestaron que no sabían dónde vivía y que nunca lo habían visto antes. Y el Gigante se quedó muy triste. Todas las tardes, al salir de la escuela, los niños iban a jugar con el Gigante. Pero al más pequeñito, a ese que el Gigante más quería, no lo volvieron a ver nunca más.

El Gigante era muy bueno con todos los niños, pero echaba de menos a su primer amiguito y muy a menudo se acordaba de él. “¡Cómo me gustaría volverlo a ver!” repetía. Fueron pasando los años, y el Gigante envejeció y sus fuerzas se debilitaron. Ya no podía jugar; pero, sentado en un enorme sillón, miraba jugar a los niños y admiraba su jardín. “Tengo muchas flores hermosas”, decía, “pero los niños son las flores más hermosas de todas.” Una mañana de Invierno, miró por la ventana mientras se vestía. Ya no odiaba el Invierno, pues sabía que el Invierno era simplemente la Primavera dormida, y que las flores estaban descansando. Sin embargo, de pronto se restregó los ojos, maravillado, y miró, miró... Lo que estaba viendo era realmente maravilloso. En el rincón más alejado del jardín había un árbol cubierto por completo de flores blancas. Todas sus ramas eran doradas, y de ellas colgaban frutos de plata.

Debajo del árbol estaba parado el pequeñito a quien tanto había echado de menos. Lleno de alegría, el Gigante bajó corriendo las escaleras y entró en el jardín. Pero cuando llegó junto al niño, su rostro enrojeció de ira, y dijo: “¿Quién se ha atrevido a hacerte daño?” Porque en la palma de las manos del niño había huellas de clavos, y también había huellas de clavos en sus pies. “¿Pero, quién se atrevió a herirte?”, gritó el Gigante. “Dímelo, para coger mi espada y matarlo.” “¡No!”, respondió el niño. “Estas son las heridas del Amor.” “¿Quién eres tú, mi pequeño niñito?”, preguntó el Gigante, y un extraño temor lo invadió, y cayó de rodillas ante el pequeño.

Entonces el niño sonrió al Gigante, y le dijo: “Una vez tú me dejaste jugar en tu jardín; hoy jugarás conmigo en mi jardín, que es el Paraíso.” Y cuando los niños llegaron esa tarde, encontraron al Gigante muerto debajo del árbol. Parecía dormir, y estaba enteramente cubierto de flores blancas

jueves, 26 de mayo de 2011

Los caballeros del rey y las llaves poderosas

notas religiosos
Rey Gervasio era un hombre mayor y se encontraba enfermo. Sufría una penosa y larga enfermedad. Durante todo su reinado, había sido un rey próspero. Su pueblo había vivido feliz, se había autoabastecido, y él había reinado con justicia, equidad y sobre todo con armonía. Los últimos años no habían sido tan felices para Gervasio y su reino.

Enfermo y débil, sus fuerzas flaqueaban y su autoridad también. Sus tierras eran cada vez menos, su pueblo cada vez más pobre y la paz empezaba a desdibujarse en continuas disputas. Gervasio había vivido toda su vida en el palacio y desde niño sabía por sus antepasados que existía en el sótano un cofre con cuatro llaves muy poderosas que abrían las puertas que uno quisiera.

El rey jamás había hecho uso de ellas, dado que, como su reinado había sido muy exitoso, no le había hecho falta pedir nunca nada, ni conquistar otros lugares abriendo nuevas puertas. Sabiendo que sus tiempos y sus fuerzas se acababan, decidió que era momento de hacer uso de aquellas llaves que durante tanto tiempo habían dormido en un arcón. Convocó a sus caballeros, los reunió alrededor de una gran mesa tallada en madera y colocó el arcón en el medio de la mesa.

Les explicó que el reino debía buscar nuevos rumbos, detalló las pérdidas sufridas en todos sus años de enfermedad e hizo hincapié en la necesidad de hermanarse con reinos vecinos, y beneficiarse unos a otros. – Conquistaremos cuanto pueblo encontremos a nuestro paso – Gritó entusiasmado uno de los caballeros llamado Galo. – No se trata de conquistar a nadie. Se trata de hermanar, de ayudarnos unos a otros, nuestras tierras todavía no están tan deterioradas como para no ofrecerlas para que otros las trabajen también. Debemos unirnos a otros para subsistir ¿Se entiende? – preguntó preocupado Gervasio. – ¿No someteremos? ¿No dominaremos? – Preguntó Yaco sorprendido. – Nada de eso, se trata de intentar entrar a cada pueblo por la mejor puerta, por eso he traído estas llaves que jamás han sido usadas. Ellas tienen poderes que ni aún yo termino de conocer. Bien utilizadas, les abrirán todas las puertas, podremos pedir ayuda y ofrecerla y así beneficiarnos todos y salvar al reino de la ruina. Las llaves eran cuatro, los caballeros también y cuatro los puntos cardinales.

El rey abrió el cofre y entregó a cada uno una llave las que, sólo en apariencia, eran iguales. – Hagan un buen uso de ellas y todos saldremos beneficiados – dijo el rey y se retiró a sus aposentos. Cada caballero tomó una llave, montó su caballo y se dirigió a un punto cardinal diferente. En aquellas épocas los pueblos tenían enormes puertas en sus entradas, a las cuales sólo los habitantes o visitantes ilustres accedían. Si bien había muchos accesos, las puertas en esos tiempos significaban mucho más que ahora. Eran puertas grandes, simbólicas quizás, pero muy respetadas. El flujo comercial del pueblo giraba en torno a esa gran entrada, donde abundaban tiendas, vendedores ambulantes y hasta bufones callejeros.

Galo tomó el rumbo norte con su gran llave en la mochila. Su afán de conquista era tal que no tuvo en cuenta las palabras del rey. Entró a cada uno de los pueblos que se encontraban en esa dirección con la misma actitud, la de conquistar a toda costa y someter al pueblo en cuestión. Si bien se suponía que la llave abriría cualquier puerta, no fue lo que le ocurrió a Galo. La actitud violenta con la que encaró a cada persona y con la que intentó forzar cada puerta, no tuvo respuesta. No fue bien recibido y ninguna de todas las puertas que forzó se pudo abrir. Entre más gritaba y forcejeaba con cada puerta, menos encajaba la llave. Sumada a la reacción adversa de la gente que no entendía la actitud de Galo, tuvo que retirarse sin haber podido cumplir lo solicitado por Gervasio. Volvió al palacio con una gran sensación de fracaso.

Yaco se dirigió hacia el Este, también montado en su caballo y con la llave entre sus ropajes. Era altanero y prepotente. Creyó que una orden del rey debía cumplirse a como diese lugar, aunque no fuese exactamente como el mismo rey lo había planteado, en forma pacífica. Tampoco Yaco se daba cuenta que debía pedir ayuda y no exigir sometimiento, que el reino necesitaba colaboración y no generar pánico. Recorrió todos los pueblos del Este con prepotencia y exigiendo que cada puerta que encontraba se abriese a su paso.

Ninguna de las puertas se abrió. Las golpeó hasta lastimarse las manos y generó temor en cada pueblo que visitó. No habiendo obtenido absolutamente nada en todo su recorrido, emprendió su vuelta al palacio – ¡Maldita llave! – gritó furioso y se alejó arrojando la misma por al aire. A su paso, sólo dejó desolación y temor. Hacia el sur se dirigió Tiago, el iracundo. Galopaba a una velocidad que realmente impresionaba, ávido de conquistar a los pueblos sureños. Tampoco él había entendido que no había sido esa la petición del rey. Entró a cada pueblo como una tromba, tirando a su paso cuánta cosa, animal o persona se le ponía en el camino. Como tampoco de esa manera se le abrió ninguna puerta, comenzó a destrozarlas, aún así nada consiguió.

Nadie atendió sus reclamos. Todos huyeron dejándolo sólo con su ira y su fracaso. Así volvió al palacio. Una llave quedaba, un punto cardinal y un solo hombre: Simón, el pacífico. Simón partió del palacio trotando en forma ágil, pero tranquila en su blanco caballo. Tomó hacia el oeste, también con su llave a cuestas. Sin embargo, apenas piso el primer pueblo, decidió que no usaría la llave, sino que golpearía a sus puertas y entablaría conversación con las personas que allí estuviesen.

Así lo hizo, en cada pueblo donde estuvo, se presentó, relató lo que ocurría en el suyo, pidió ayuda y ofreció las tierras para trabajar. Su modo era agradable, sencillo, gentil y hasta gracioso. En cada pueblo dejó un amigo y en ninguno hizo falta usar la llave. Entabló vínculos, confraternizó con cada persona que conoció y obtuvo para su reino toda la ayuda necesaria, pero iría por más. Tan feliz estaba Simón por su gestión que decidió entonces recorrer los pueblos de los otros tres puntos cardinales y allí pasó lo mismo. Su sonrisa afable y su amabilidad aumentaron su número de amigos y por ende la ayuda para su reino. Volvió triunfante y feliz.

Al reunirse los cuatro caballeros con Gervasio para ver los resultados de cada gestión, Galo, Yaco y Tiago se quejaron ante el rey por las inútiles llaves que de nada habían servido, puesto que ninguna había demostrado tener poder alguno. – Hubiera sido lo mismo ir con una vara de madera – Gritó Galo. – O con una rama de un árbol vieja y sin hojas – vociferó Yaco. – O haber ido sin nada, total el mismo hubiera sido el resultado – Dijo por último Tiago. Simón no habló, pero Gervasio ya sabía lo exitoso que había sido su viaje, no sólo por el pueblo entero, sino porque la ayuda ya empezaba a llegar. – ¿Por qué nos diste esas llaves haciéndonos creer que podríamos abrir cualquier puerta con ellas? ¿Por qué? – Gritaban los tres caballeros furiosos. Gervasio, con pocas fuerzas, pero sabiendo que había hecho lo correcto contestó. – Les anticipé que ni siquiera yo sabía el alcance y poder de cada una de las llaves. Les dije también que debían hacer un buen uso de ellas y buenos serían los resultados. Ninguno de los tres cumplió, salta a la vista. – Ejercimos el poder que las llaves nos daban, se suponía que con ellas nada nos sería imposible – contestó Tiago. – Ejercieron un poder equivocado, el del abuso, la violencia y la ira.

La prepotencia no es un poder, es una equivocación, un error. Generaron pánico, donde debían generar confianza, crearon enemigos, donde debían nacer amistades. El único que así lo entendió fue Simón. Simón seguía callado y con la cabeza gacha, mirando su llave que yacía sobre la mesa de madera tallada. – ¿Cómo te funcionó a ti? – Preguntó Yaco – No me hizo falta usarla, no fue necesario. Los caballeros creyeron que se trataba de una broma, entre incrédulos y ofendidos miraban a Gervasio y a Simón esperando una respuesta que los convenciera. Gervasio la tenía. – Es evidente que la única llave que nos permite acceder a cualquier puerta y por ende a cualquier lugar es la de la gentileza y el buen trato. La educación y las buenas costumbres. La simpatía y el respeto. Simón no exigió, pidió. No gritó, conversó. No invadió, pidió permiso. No violentó, respetó.

Esa fue su llave poderosa, esa fue la razón que hizo que todos los pueblos que visitara accedieran a ayudarnos y a que trabajásemos juntos por el bienestar de todos. No fue fácil para los tres caballeros comprender las palabras del rey, como tampoco es sencillo para muchos de nosotros entender que no hay puerta que no se abra con un gesto de cariño o una sonrisa. Que no hay mayor poder que el amor y el respecto y que tal poder no entiende de cerraduras.

jueves, 19 de mayo de 2011

Una Noche

diseñar de corazones
El campo clamaba por un poco más de agua. El “Pancho” estaba arreando las vacas y se hacía la noche. Cuando terminó de encerrarlas en el corral, parecía que el cielo se venía abajo. Rumbeó para el rancho* y en mitad del camino casi queda ciego por el refucilo* que iluminó todo. “Mala noche, reflexionó”.

“A ver si entoavía*, anda por ahí, la luz mala*", se dijo. Unas nubes negras que avanzaban a gran velocidad, parecían venírsele encima. “Y falta un trecho pa´* llegar a "las casas"*”, pensó. Una de las nubes, espesa, se le paró enfrente y parecía juguetearle. Tenía forma de diablo, le pareció.

Pero, El “Pancho” no se achicó. Se le quedó quieto al monstruo y en ademán de sacar el facón* de su cintura, metió la mano en el bolsillo trasero de su bombacha*, y sacó una crucecita de madera que llevaba siempre consigo y se la presentó a la nube diabólica, semejante ahora, a esas gárgolas de los cuentos de misterio. “¡No te tengo miedo a vos*, ¿sabés?!”

Y alzando la cruz a la altura de la frente enfiló para su casa con firme decisión.
La gárgola se fue tras el valiente y, como revoleándolo por el aire, lo elevó y arrojó varias veces hasta que quedó tirado, casi en las puertas del corral.

Cuando amainó la tormenta y comenzó a amanecer, los peones comenzaron a buscar al Pancho, pero su cuerpo o lo que quedaba de él, nunca fue hallado. Sólo la crucecita partida en dos.

martes, 3 de mayo de 2011

La Canasta Vacia

image

"… La esposa del Faraón de Egipto había perdido muchos hijos en su vientre…
Este parto, seguramente, era su última oportunidad para darle un heredero al Faraón.

Rodeada de médicos y sirvientas el dolor de su vientre fue en aumento hasta que explotó en un grito de dolor liberador y, simultáneamente a su muerte dio un parto de cinco hijos, cuatro de ellos varones y una niña.

El Faraón crió con amor y dedicación a sus hijos, dándole la educación de futuros gobernantes a los varones y de princesa a la hija.

Pasados los años y crecidos sus hijos, el Faraón se enfrentó al dilema de escoger a su sucesor.
Dado que todos habían nacido en el mismo parto, no había un primogénito a quién el derecho le correspondiese naturalmente.

Consultó con el Consejo de Ancianos:

– "¿Qué debo hacer?, ¿Cómo elegir a mi sucesor?, ¿Quizás deba dividir el Imperio en cuatro reinos para ser justo con todos ellos?”

Los sabios respondieron:

– "No su majestad, dividir el Imperio implica debilitarlo y ello acarreará su destrucción, además, usted tuvo cinco hijos y sería injusto con su hija.

Lo mejor es hacer un Concurso entre ellos y el que traiga el Proyecto que más beneficie a Egipto, ese sea el escogido"

Satisfecho con la sabiduría del consejo recibido, el Faraón citó a sus hijos -incluida la hija- y les dijo:

– "Tienen seis meses para plantear el Proyecto más beneficioso para Egipto, quién así lo haga será elegido mi sucesor"

En ese mismo instante los cuatro varones se miraron suspicaces, surgiendo por primera vez entre ellos el recelo, el temor y quizás, hasta el odio mismo.

Seis meses después los cinco hijos se congregaron en el Salón del Faraón portando los varones gran cantidad de maquetas y planos y la hija una canasta vacía.

El Faraón escuchó por turno los Proyectos…cada cual superaba al anterior: Que un Sistema de Caminos para el Reino, Que un Sistema de Canales de Riego, Que un Sistema de Silos para las Cosechas, Que un Sistema de Puertos para el comercio…era difícil pensar en uno que superase en beneficios al otro.
La discusión para analizar el valor de cada uno, sin duda sería ardua, problemática y difícil.

Sin embargo, al llegar el turno a la hija ésta mostró su canasta vacía y dijo:

– "Padre, yo traigo una canasta vacía que hoy vale tanto como las maquetas que has visto. Nadie puede decir qué obra es la mejor hasta no verla hecha y, para ese entonces el contenido de mi canasta podría superar en valor a cualquiera de ellos."

Todos quedaron sorprendidos por el enunciado, pero el Faraón y el Consejo de Sabios estuvieron de acuerdo en que discutir el valor de los Proyectos no tenía más sentido que discutir el valor del contenido de una canasta vacía.

Entonces la solución fue obvia: los recursos del reino se afectarían al desarrollo de los Proyectos durante dos años y, al cabo de ese tiempo se analizaría el beneficio real de cada obra para el Reino.

Pasaron los dos años de febril actividad y llegó el momento de presentarse al Salón del Trono.

Cada uno de los hijos venía orgulloso con gran cantidad de documentos y asesores para demostrar que su obra había sido la más beneficiosa al Reino…y la hija llegó con su canasta vacía…

A su turno cada hijo expuso el valor de las obras hechas: de cómo ahora el sistema de riego había aumentado las cosechas, de cómo ahora el sistema de caminos permitían que esas cosechas llegasen hasta el último rincón del Reino, de cómo ahora el sistema de silos permitía almacenarlas de modo limpio y seguro, de cómo ahora los nuevos puertos eran fuente de comercio y prosperidad.

Al llegar el turno de la hija, esta señaló su canasta y dijo:

– "Padre, tal como lo anuncié, el tiempo me permitiría dar valor al contenido de esta canasta… ahora lo ves, gracias a mi canasta vacía el Reino tiene canales, caminos, silos y puertos… sin ella sólo hubiésemos tenido Proyectos y una larga discusión para ver cual era el mejor sin que nunca ocurriese nada…"

Los cuatro hermanos se dieron vuelta sorprendidos y azorados y, tras un momento de vacilación se arrodillaron frente a su hermana…

… Y así Egipto tuvo su primera Emperatriz…."

PARTICIPAR EN ESTE BLOG