lunes, 21 de noviembre de 2011

El circulo Vicioso


Un hombre encarnó en la isla de Ceilán, en el tiempo en que Buda predicaba por el mundo y enseñaba la ley. Disconforme con su suerte, pues amaba los goces de la vida y quería apurar la copa del placer, rogaba porque cambiara su suerte.
—¿Qué necesito para encontrar la dicha? —se decía—: ser libre; la libertad basta para mi dicha.
Y fue libre, y le acosó la miseria, y vivió desgraciado años y años. Y no encontró la dicha.

—¡Oh! —pensó entonces —. ¡Qué engaño el mío! No basta la libertad para ser dichoso. Se necesita también la riqueza.
Un día se encontró dueño de una fortuna considerable, de manera que pudo satisfacer sin esfuerzo sus necesidades y sus deseos.
Pero tampoco encontró la dicha.

—¿De qué me vale la riqueza —se dijo— si no puedo satisfacer con ellas mi mayor necesidad? ¡Oh, si yo fuera poderoso!
Y fue poderoso, y tuvo un país bajo su dominio, y esclavos, y elefantes gigantescos, y carros de oro, y jardines colgantes, y mujeres adornadas con piedras preciosas.

Pero tampoco encontró la dicha.
Y cuando el poderío se le hizo repulsivo, quiso ser sabio, y estudió en Egipto, y en Babilonia, y en Persia, y en Caldea, y midió la distancia de los astros, y calculó las alturas del sol. Y vio que en la mucha sabiduría hay mucha molestia y que quien añade ciencia añade dolor.

Y no encontró la dicha.
Y recorrió el mundo hasta las tierras del Extremo Occidente, y vio las grandes y fastuosas ciudades del Mediterráneo, cuna de los más refinados placeres.

Y no encontró la dicha.
Y, resignado, volvió a la isla de Ceilán, y volvió a ser paria y volvió a sufrir, y esperó tranquilo la hora de la muerte, la dulce hora de perder la personalidad en el crepúsculo del pasado y de fundirse en la inconsciencia, como un rayo de sol en las masas azules de los mares.

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