viernes, 2 de diciembre de 2011

La Alegría de ser Pato


Un pato mandarín quiso conocer mundo, ser aventurero. La granja se le quedaba pequeña: había que buscar un mundo nuevo.

Salió de la granja decidido. Caminaba con firmeza, marcando el paso como si fuese el abanderado de un desfile: la cabeza erguida, la vista al frente. La granja de iba quedando cada vez más lejos.

Torciendo por veredas y atravesando matorrales, llegó a una hermosa pradera. Allí, en la orilla de una laguna, paseaba su esbelta figura una cigüeña.

—¡Qué patas tan finas y largas! En cambio, las mías son cortas, anchas y feas...
El pato bajó la cabeza avergonzado y siguió caminando. Trató de consolarse pensando en los lindos colores de su plumaje. Al fin y al cabo, las plumas de la cigüeña sólo estaban pintadas de negro y blanco.

Después de haber caminado muchos metros, se adentró en un camino más ancho. Iba por la sombra, caminando entre robles, hayas, acebos y avellanos. De repente, el sonido de una dulce música detuvo sus pasos. El pato mandarín quedó como hechizado: un alegre ruiseñor estaba dando su concierto de enamorado.

—¡Esa sí que es una voz bonita! Y no este cuá-cuá que tengo yo, que parece que me estoy ahogando.
El ruiseñor, al oír el cuá-cuá del pato, se asustó y salió volando de su escondite. El mandarín, al verlo tan pequeño y asustado, no pudo menos que jactarse y decirse a sí mismo que él era más grande y agraciado.

El pato siguió caminando y descubriendo las sorpresas que el  mundo nuevo le iba mostrando. Caminaba ahora por un sendero bastante empinado. Estaba en la ladera de una montaña, y subía sofocado. A lo lejos, en la altura, divisó un águila surcando los cielos.

—¡Qué maravilla! ¡Quién pudiera volar y planear así! Sin embargo, mi cuerpo es rechoncho y pesado.
Tan ensimismado estaba pensando estas cosas, que no se dio cuenta y cayó por un barranco.

Pero tuvo suerte, pues fue a caer a un lago. El impacto fue grande, y se hundió a gran profundidad, pero unos instantes después salió a flote y alcanzó la orilla nadando.

¡Qué alegría sintió entonces al saber que era un pato, con sus plumas impermeables, sus patas palmeadas y su pico ancho! El ser un pato le había salvado la vida.

1 comentario:

Mari C . Masi. o Montse Cobas. dijo...

Todos tenemos un cometido en la vida y cuando nos vemos en ciertas circunstancias nos vemos encaminados sin darnos cuenta en ello.

Todos a pesar de como seamos interiormente, exteriormente lo tenemos, es aprendizaje, ventura y ver, aún tardemos en observarlo, llegara un día en que lo conozcamos.

Abrazos

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