viernes, 28 de diciembre de 2012

Un Regalo de Ravioles

Autor : Leo Buscaglia.

Cuando era niño perdí la "chaveta" por una bibliotecaria. Cada semana ella se encargaba de la hora de los cuentos en el jardín de la biblioteca de nuestro barrio. Nos leía maravillosos cuentos de aventura, fantasía y belleza. Yo nunca faltaba a estas sesiones. De hecho, con frecuencia llegaba con horas de anticipación para asegurarme una silla en la primera fila y no perderme una sola palabra.

Recuerdo vívidamente aquella Navidad cuando leyó La historia del otro Rey Mago de Henry Van Dyke. Yo tenía ocho años. Por lo general, ella leía muchos cuentos durante la hora asignada, pero en esta ocasión sólo leyó uno.

Al terminar de leer nos abrazó a todos, deseándonos una feliz Navidad. Se arrodilló a mi lado y sonrió.

- Tengo un regalo de Navidad para ti. Quiero regalarte el libro que acabo de leer – y me entregó su copia de La historia del otro rey mago -. ¿Te gustó este cuento? – me preguntó.

Francamente, yo no había entendido el cuento pero, por supuesto, no se lo iba a decir. En cambio le respondí:

- Sí, me pareció muy interesante.

En realidad el cuento me había desconcertado. No podía imaginar que alguien pudiera estar tan loco como para renunciar, por cualquier motivo, a estar presente en Belén para el nacimiento de Jesús de Nazaret. Tampoco podía comprender que una persona regalara los rubíes y perlas que supuestamente serían el regalo de cumpleaños de Cristo a los crueles soldados ya los intrigantes cobradores de adeudos.

Recuerdo que me dirigí directamente a la casa, con el librito en la mano, decidido a leerlo una vez más. Si a mi maravillosa amiga le gustaba el libro, a mí también me habría de gustar.

Como muchos saben, la historia narra el viaje mágico de los tres Reyes Magos de Oriente, cómo viajaron desde muy lejos, guiados por una estrella, para llevar regalos a un Rey recién nacido que estaba en un pesebre en Belén. Pero sugiere que había un cuarto Rey, del cual yo nunca había sabido, quien también vio una estrella en el Oriente e inició el largo y penoso viaje para reunirse con los otros Reyes, cargando sus valioso regalos.

Según la historia, los tres Reyes Magos no tuvieron dificultad alguna para llegar a Belén; sin embargo el cuarto, Artabán, sólo tuvo problemas. En primer lugar encontró a un exiliado hebreo enfermo, solo y muriéndose en el desierto. Lleno de compasión, Artabán se detiene y atiende al enfermo. Esta demora ocasiona que falte a su cita con los otros Reyes Magos y, en consecuencia, no está presente en el pesebre aquella primera Navidad llena de magia.

Sin embargo, él sigue viajando. Poco después entrega uno de los regalos que eran para el Niño recién nacido para salvar la vida de otra criatura que, de acuerdo con el decreto de Herodes, fue condenada a morir. Una y otra vez Artabán se detiene para atender a los enfermos, consolar a los oprimidos y a los presos y dar de comer a los hambrientos.

Al final la historia Artabán está desesperado y cansadísimo. Comprende que ha dedicado treinta y tres años a la búsqueda y que al final se encuentra solo en el Gólgota. Aquí descubre que el Hijo de Dios, a quien se dedicó a buscar muchos años antes, ha sido condenado a morir en la cruz. De inmediato piensa en su última posesión, una perla. Está seguro de que ésta comprará la libertad de Cristo. Pero aún en el camino hacia el lugar encuentra a una mujer que está siendo amenazada con golpearla y aún, matarla si no paga las deudas de su padre. Una vez más Artabán ofrece la perla, su última posesión, a cambio de la vida de la mujer.

Ahora realmente no le queda nada. Todo lo que tuvo la intención de entregar en adoración lo ha dado al servicio de la humanidad. Para aumentar sus tribulaciones, Artabán recibe el golpe de una piedra que cae de una estructura que se estaba derrumbando debido al terremoto que acompañó a la crucifixión. Está seguro de que morirá sin ver jamás a su Señor. Pero mientras yace sangrando y moribundo, escucha una débil voz desde muy lejos.

- En verdad os digo, todo lo que habéis hecho al más pequeño de mis hermanos, lo habéis hecho conmigo.

Al oír esto Artabán, el cuarto Rey Mago, muere feliz sabiendo que sus regalos sí fueron recibidos por su Señor.

Por fin comprendí. Al principio pensé que el Rey Mago no había sido tan sabio al perder la oportunidad de dar testimonio de la primera Navidad por regalar todos sus bienes, por haber pasado toda la vida atendiendo a los demás, pero de pronto lo entendí. Artabán ciertamente era el más sabio y el más justo de todos los Reyes Magos.

Tarde se me hacía para narrar la historia a papá y mamá. Ellos habían establecido la costumbre de contar cuentos y escuchaban con mucha atención. Al terminar, se miraron uno al otro durante un rato en silencio. Luego habló mamá:

- Qué bonito cuento, Felice – dijo – y es verdad. Cuando das lo que tienes para ayudar a los demás es como dárselo a Dios.

Papá pregunto: - ¿Qué vas a darle a la simpática señora de la biblioteca?.

 "Caray", pense. "No tengo nada que darle".

- Ya sé – dijo mamá - , le haré un buen plato de ravioles.

- ¡Ravioles! – grité. Estaba seguro de que mi preciosa amiga, que acababa de darme un regalo tan sofisticado, se mofaría de los ravioles de mamá. Yo quería darle rubíes, incienso o cuando menos mirra (¡ni siquiera sabía lo que era eso!).

Como de costumbre, mis protestas no tuvieron mucho peso y pronto me encontré camino a la biblioteca con un platón lleno de ravioles hechos en casa y una jarra de rica salsa roja, todo envuelto en bolsas de papel café. En el camino pensé en todas las maneras en que podría deshacerme del regalo. Mis padres nunca lo sabrían. Pensé en echar los ravioles por la coladera, en tirarlos atrás del mercado de alimentos o aventarlos al basurero. Pero mi buena conciencia prevaleció y me dirijo hasta la biblioteca. Allí encontré a mi amada sentada detrás del escritorio.

- Leo – me saludó con afecto cuando entré.

- Le traigo un regalo – expliqué, ofreciéndole las bolsas de papel - . Es un poco tonto – tartamudeé -, es algo para que lo coma después.
Ella tomó el paquete con ansias y se asomó a la bolsa que contenía el platón de ravioles. Sus ojos se iluminaron:

- ¡Ravioles! – exclamó -. ¡Me encantan los ravioles! Muchas gracias. Y no es un regalo tonto. Es un verdadero tesoro, más valioso que las joyas.

¿Más valioso que las joyas?, pensé.

Si...

Por supuesto...

Por fin entendí realmente La historia del otro Rey Mago. Los ravioles de mamá adquirieron un significado muy especial. 

jueves, 27 de diciembre de 2012

El Gigante Egoísta

Todas las tardes, a la salida de la escuela, los niños se habían acostumbrado a ir a jugar al jardín del gigante. Era un jardín grande y hermoso, cubierto de verde y suave césped. Dispersas sobre la hierba brillaban bellas flores como estrellas, y había una docena de melocotones que, en primavera, se cubrían de delicados capullos rosados, y en otoño daban sabroso fruto.

Los pájaros se posaban en los árboles y cantaban tan deliciosamente que los niños interrumpían sus juegos para escucharlos.

-¡Qué felices somos aquí!- se gritaban unos a otros.

Un día el gigante regresó. Había ido a visitar a su amigo, el ogro de Cornualles, y permaneció con él durante siete años. Transcurridos los siete años, había dicho todo lo que tenía que decir, pues su conversación era limitada, y decidió volver a su castillo. Al llegar vio a los niños jugando en el jardín.

-¿Qué estáis haciendo aquí?- les gritó con voz agria. Y los niños salieron corriendo.

-Mi jardín es mi jardín- dijo el gigante. -Ya es hora de que lo entendáis, y no voy a permitir que nadie mas que yo juegue en él.

Entonces construyó un alto muro alrededor y puso este cartel:

Prohibida la entrada.
Los transgresores serán
procesados judicialmente.


Era un gigante muy egoísta.

Los pobres niños no tenían ahora donde jugar.

Trataron de hacerlo en la carretera, pero la carretera estaba llena de polvo y agudas piedras, y no les gustó.

Se acostumbraron a vagar, una vez terminadas sus lecciones, alrededor del alto muro, para hablar del hermoso jardín que había al otro lado.

-¡Que felices éramos allí!- se decían unos a otros.

Entonces llegó la primavera y todo el país se llenó de capullos y pajaritos. Solo en el jardín del gigante egoísta continuaba el invierno.

Los pájaros no se preocupaban de cantar en él desde que no había niños, y los árboles se olvidaban de florecer. Solo una bonita flor levantó su cabeza entre el césped, pero cuando vio el cartel se entristeció tanto, pensando en los niños, que se dejó caer otra vez en tierra y se echó a dormir.

Los únicos complacidos eran la Nieve y el Hielo.

-La primavera se ha olvidado de este jardín- gritaban. -Podremos vivir aquí durante todo el año.

La Nieve cubrió todo el césped con su manto blanco y el Hielo pintó de plata todos los árboles. Entonces invitaron al viento del Norte a pasar una temporada con ellos, y el Viento aceptó.

Llegó envuelto en pieles y aullaba todo el día por el jardín, derribando los capuchones de la chimeneas.

-Este es un sitio delicioso- decía. -Tendremos que invitar al Granizo a visitarnos.

Y llegó el Granizo. Cada día durante tres horas tocaba el tambor sobre el tejado del castillo, hasta que rompió la mayoría de las pizarras, y entonces se puso a dar vueltas alrededor del jardín corriendo lo más veloz que pudo. Vestía de gris y su aliento era como el hielo.

-No puedo comprender como la primavera tarda tanto en llegar- decía el gigante egoísta, al asomarse a la ventana y ver su jardín blanco y frío. -¡Espero que este tiempo cambiará!

Pero la primavera no llegó, y el verano tampoco. El otoño dio dorados frutos a todos los jardines, pero al jardín del gigante no le dio ninguno.

-Es demasiado egoísta- se dijo.

Así pues, siempre era invierno en casa del gigante, y el Viento del Norte, el Hielo, el Granizo y la Nieve danzaban entre los árboles.

Una mañana el gigante yacía despierto en su cama, cuando oyó una música deliciosa. Sonaba tan dulcemente en sus oídos que creyó sería el rey de los músicos que pasaba por allí. En realidad solo era un jilguerillo que cantaba ante su ventana, pero hacía tanto tiempo que no oía cantar un pájaro en su jardín, que le pareció la música más bella del mundo. 

Entonces el Granizo dejó de bailar sobre su cabeza, el Viento del Norte dejó de rugir, y un delicado perfume llegó hasta él, a través de la ventana abierta.

-Creo que, por fin, ha llegado la primavera- dijo el gigante; y saltando de la cama miró el exterior. ¿Qué es lo que vio?

Vio un espectáculo maravilloso. Por una brecha abierta en el muro los niños habían penetrado en el jardín, habían subido a los árboles y estaban sentados en sus ramas. En todos los árboles que estaban al alcance de su vista, había un niño. Y los árboles se sentían tan dichosos de volver a tener consigo a los niños, que se habían cubierto de capullos y agitaban suavemente sus brazos sobre las cabezas de los pequeños.

Los pájaros revoloteaban y parloteaban con deleite, y las flores reían irguiendo sus cabezas sobre el césped. Era una escena encantadora. Sólo en un rincón continuaba siendo invierno. Era el rincón más apartado del jardín, y allí se encontraba un niño muy pequeño. Tan pequeño era, no podía alcanzar las ramas del árbol, y daba vueltas a su alrededor llorando amargamente. El pobre árbol seguía aún cubierto de hielo y nieve, y el Viento del Norte soplaba y rugía en torno a él.

-¡Sube, pequeño!- decía el árbol, y le tendía sus ramas tan bajo como podía; pero el niño era demasiado pequeño. El corazón del gigante se enterneció al contemplar ese espectáculo.

-¡Qué egoísta he sido- se dijo. -Ahora comprendo por qué la primavera no ha venido hasta aquí. Voy a colocar al pobre pequeño sobre la copa del árbol, derribaré el muro y mi jardín será el parque de recreo de los niños para siempre.

Estaba verdaderamente apenado por lo que había hecho.

Se precipitó escaleras abajo, abrió la puerta principal con toda suavidad y salió al jardín.

Pero los niños quedaron tan asustados cuando lo vieron, que huyeron corriendo, y en el jardín volvió a ser invierno.

Sólo el niño pequeño no corrió, pues sus ojos estaban tan llenos de lágrimas, que no vio acercarse al gigante. Y el gigante se deslizó por su espalda, lo cogió cariñosamente en su mano y lo colocó sobre el árbol. El árbol floreció inmediatamente, los pájaros fueron a cantar en él, y el niño extendió sus bracitos, rodeó con ellos el cuello del gigante y le besó.

Cuando los otros niños vieron que el gigante ya no era malo, volvieron corriendo y la primavera volvió con ellos.

-Desde ahora, este es vuestro jardín, queridos niños- dijo el gigante, y cogiendo una gran hacha derribó el muro. Y cuando al mediodía pasó la gente, yendo al mercado, encontraron al gigante jugando con los niños en el más hermoso de los jardines que jamás habían visto.
Durante todo el día estuvieron jugando y al atardecer fueron a despedirse del gigante.

-Pero, ¿dónde está vuestro pequeño compañero, el niño que subí al árbol?- preguntó.
El gigante era a este al que más quería, porque lo había besado.

-No sabemos contestaron los niños- se ha marchado.

-Debéis decirle que venga mañana sin falta- dijo el gigante.

Pero los niños dijeron que no sabían donde vivía y nunca antes lo habían visto. El gigante se quedó muy triste.

Todas las tardes, cuando terminaba la escuela, los niños iban y jugaban con el gigante. Pero al niño pequeño, que tanto quería el gigante, no se le volvió a ver. El gigante era muy bondadoso con todos los niños pero echaba de menos a su primer amiguito y a menudo hablaba de él.

-¡Cuánto me gustaría verlo!- solía decir.

Los años transcurrieron y el gigante envejeció mucho y cada vez estaba más débil. Ya no podía tomar parte en los juegos; sentado en un gran sillón veía jugar a los niños y admiraba su jardín.

-Tengo muchas flores hermosas- decía, pero los niños son las flores más bellas.
Una mañana invernal miró por la ventana, mientras se estaba vistiendo. Ya no detestaba el invierno, pues sabía que no es sino la primavera adormecida y el reposo de las flores.

De pronto se frotó los ojos atónito y miró y remiró. Verdaderamente era una visión maravillosa. En el más alejado rincón del jardín había un árbol completamente cubierto de hermosos capullos blancos. Sus ramas eran doradas, frutos de plata colgaban de ellas y debajo, de pie, estaba el pequeño al que tanto quiso.

El gigante corrió escaleras abajo con gran alegría y salió al jardín. Corrió precipitadamente por el césped y llegó cerca del niño. Cuando estuvo junto a él, su cara enrojeció de cólera y exclamó:

- ¿Quién se atrevió a herirte?- Pues en las palmas de sus manos se veían las señales de dos clavos, y las mismas señales se veían en los piececitos.

-¿Quién se ha atrevido a herirte?- gritó el gigante. -Dímelo para que pueda coger mi espada y matarle.

-No- replicó el niño, pues estas son las heridas del amor.

-¿Quién eres?- dijo el gigante; y un extraño temor lo invadió, haciéndole caer de rodillas ante el pequeño.

Y el niño sonrió al gigante y le dijo:

-Una vez me dejaste jugar en tu jardín, hoy vendrás conmigo a mi jardín, que es el Paraíso.

Y cuando llegaron los niños aquella tarde, encontraron al gigante tendido, muerto, bajo el árbol, todo cubierto de capullos blancos.

OSCAR WILDE 

miércoles, 26 de diciembre de 2012

La Niña de los Fósforos

La niña de los fósforos

Por Hans Christian Andersen

¡Qué frío tan atroz! Caía la nieve, y la noche se venía encima. Era el día de Nochebuena. En medio del frío y de la oscuridad, una pobre niña pasó por la calle con la cabeza y los pies desnuditos.

Tenía, en verdad, zapatos cuando salió de su casa; pero no le habían servido mucho tiempo. Eran unas zapatillas enormes que su madre ya había usado: tan grandes, que la niña las perdió al apresurarse a atravesar la calle para que no la pisasen los carruajes que iban en direcciones opuestas.

La niña caminaba, pues, con los piececitos desnudos, que estaban rojos y azules del frío; llevaba en el delantal, que era muy viejo, algunas docenas de cajas de fósforos y tenía en la mano una de ellas como muestra. Era muy mal día: ningún comprador se había presentado, y, por consiguiente, la niña no había ganado ni un céntimo. Tenía mucha hambre, mucho frío y muy mísero aspecto. ¡Pobre niña! Los copos de nieve se posaban en sus largos cabellos rubios, que le caían en preciosos bucles sobre el cuello; pero no pensaba en sus cabellos. Veía bullir las luces a través de las ventanas; el olor de los asados se percibía por todas partes. Era el día de Nochebuena, y en esta festividad pensaba la infeliz niña.

Se sentó en una plazoleta, y se acurrucó en un rincón entre dos casas. El frío se apoderaba de ella y entumecía sus miembros; pero no se atrevía a presentarse en su casa; volvía con todos los fósforos y sin una sola moneda. Su madrastra la maltrataría, y, además, en su casa hacía también mucho frío. Vivían bajo el tejado y el viento soplaba allí con furia, aunque las mayores aberturas habían sido tapadas con paja y trapos viejos. Sus manecitas estaban casi yertas de frío. 

¡Ah! ¡Cuánto placer le causaría calentarse con una cerillita! ¡Si se atreviera a sacar una sola de la caja, a frotarla en la pared y a calentarse los dedos! Sacó una. ¡Rich! ¡Cómo alumbraba y cómo ardía! Despedía una llama clara y caliente como la de una velita cuando la rodeó con su mano. 

¡Qué luz tan hermosa! Creía la niña que estaba sentada en una gran chimenea de hierro, adornada con bolas y cubierta con una capa de latón reluciente. ¡Ardía el fuego allí de un modo tan hermoso! ¡Calentaba tan bien!

Pero todo acaba en el mundo. La niña extendió sus piececillos para calentarlos también; más la llama se apagó: ya no le quedaba a la niña en la mano más que un pedacito de cerilla. Frotó otra, que ardió y brilló como la primera; y allí donde la luz cayó sobre la pared, se hizo tan transparente como una gasa. La niña creyó ver una habitación en que la mesa estaba cubierta por un blanco mantel resplandeciente con finas porcelanas, y sobre el cual un pavo asado y relleno de trufas exhalaba un perfume delicioso. ¡Oh sorpresa! ¡Oh felicidad! De pronto tuvo la ilusión de que el ave saltaba de su plato sobre el pavimento con el tenedor y el cuchillo clavados en la pechuga, y rodaba hasta llegar a sus piececitos. Pero la segunda cerilla se apagó, y no vio ante sí más que la pared impenetrable y fría.

Encendió un nuevo fósforo. Creyó entonces verse sentada cerca de un magnífico nacimiento: era más rico y mayor que todos los que había visto en aquellos días en el escaparate de los más ricos comercios. Mil luces ardían en los arbolillos; los pastores y zagalas parecían moverse y sonreír a la niña. Esta, embelesada, levantó entonces las dos manos, y el fósforo se apagó. Todas las luces del nacimiento se elevaron, y comprendió entonces que no eran más que estrellas. Una de ellas pasó trazando una línea de fuego en el cielo.

-Esto quiere decir que alguien ha muerto- pensó la niña; porque su abuelita, que era la única que había sido buena para ella, pero que ya no existía, le había dicho muchas veces: "Cuando cae una estrella, es que un alma sube hasta el trono de Dios".

Todavía frotó la niña otro fósforo en la pared, y creyó ver una gran luz, en medio de la cual estaba su abuela en pie y con un aspecto sublime y radiante.

-¡Abuelita!- gritó la niña-. ¡Llévame contigo! ¡Cuándo se apague el fósforo, sé muy bien que ya no te veré más! ¡Desaparecerás como la chimenea de hierro, como el ave asada y como el hermoso nacimiento!

Después se atrevió a frotar el resto de la caja, porque quería conservar la ilusión de que veía a su abuelita, y los fósforos esparcieron una claridad vivísima. Nunca la abuela le había parecido tan grande ni tan hermosa. Cogió a la niña bajo el brazo, y las dos se elevaron en medio de la luz hasta un sitio tan elevado, que allí no hacía frío, ni se sentía hambre, ni tristeza: hasta el trono de Dios.

Cuando llegó el nuevo día seguía sentada la niña entre las dos casas, con las mejillas rojas y la sonrisa en los labios. ¡Muerta, muerta de frío en la Nochebuena! El sol iluminó a aquel tierno ser sentado allí con las cajas de cerillas, de las cuales una había ardido por completo.

-¡Ha querido calentarse la pobrecita!- dijo alguien.

Pero nadie pudo saber las hermosas cosas que había visto, ni en medio de qué resplandor había entrado con su anciana abuela en el reino de los cielos. 

viernes, 21 de diciembre de 2012

El Villancico

Autor: Enrique Arenz

- Javito, te tengo una sorpresa. El chiquito miró al sacerdote con su habitual cortedad.

- ¿Una sorpresa, padre Rolo? - articuló apenas.

- Vas a cantar el solo de Noche de Paz en el recital de Nochebuena.

- ¿El solo, padre...? - exclamó alarmado el pequeño.

- Sí, porque tenés una hermosa voz y a Jesús le va a gustar que cantes en su honor.

- Pero padre... - suplicó Javito mirando el piso.

- Nada de peros, yo confío en vos y no me podés fallar. Vamos a empezar a ensayar hoy mismo, enseguida después de comer. Por ahora vos y yo solos, más adelante vamos a hacerlo con el coro. ¿Te espero?

- Tá bien... - contestó Javito resignado.

- No me digas que no estás contento.

- Y... padre, me da un poco de miedo... - No te me achiqués, ¿eh?, es hora de que comiences a cantar como solista. En la Nochebuena los vas a emocionar a todos.

Javito tenía ocho años, pero parecía de seis por lo menudito y frágil. Morochito de enormes ojos negros y mirada infinitamente triste, era el más pequeño de ocho hermanos que vivían en una casilla de dos habitaciones en el sector más pobre del barrio. Su madre trabajaba de la mañana a la noche atendiendo como doméstica a varias familias del barrio más exclusivo de la ciudad, a veces hasta los sábados y domingos, por lo cual la pobre mujer no estaba casi nunca en casa.

El padre, un desocupado de la construcción con inclinaciones alcohólicas, los había abandonado hacía más de un año, luego de una feroz pelea con su mujer por la causa de siempre: la falta de dinero. Javito era el único de la familia que lo extrañaba. Es que a pesar del horrible recuerdo de sus borracheras y otros lamentables defectos, cuando el hombre tuvo trabajo y supo mantenerse alejado de la bebida había sido cariñoso con él.

Recordaba aquel 9 de julio en que su papá lo llevó al desfile y lo subió sobre sus hombros para que pudiera ver mejor a los soldados. ¡Qué feliz se había sentido en ese momento! Nunca había olvidado ese regalo (quizás el único) recibido de su padre. Aún lo esperaba todas las noches, atento al menor sonido de pasos, hasta que se dormía en la camita que compartía con uno de sus hermanos.

La madre, más por ignorancia e impotencia que por desamor, había ido dejando en el abandono a esos pobres chicos, quienes por orden de edad y obedeciendo a esas extrañas jerarquías que se establecen espontáneamente en las familias marginales, se cuidaban como podían unos a otros. Los mayores ya habían tenido problemas con la policía. Una de las nenas, Magda, había sido abusada a los once años por un vecino y desde entonces padecía un estado de ensimismamiento patológico del cual trataba de rehabilitarla el padre Rolo con la ayuda de una psicóloga del Obispado.

En ocasiones alguno de los ocho hermanos no volvía por varios días a la casilla, y la madre ni se enteraba, y si se enteraba no se atrevía a preguntarle dónde había estado.

Javito tuvo la suerte de quedar bajo la protección del padre Rolo, quien además de alimentarlo y cuidarle la salud, trataba de educarlo como mejor podía. El padre Rolo había regresado de Bolivia para hacerse cargo de esa pequeña capilla y su paupérrima comunidad. Desde hacía ya dos años alimentaba y educaba a unos treinta chicos de los alrededores. Músico de alma, el cura consiguió en donación un pequeño órgano electrónico y formó un coro con los chicos del lugar, seleccionados por su buen oído musical.

Al comienzo el padre Rolo no se había dado cuenta de las cualidades vocales de Javito. Tímido, retraído, vergonzoso en extremo, como suelen serlo los hijos de la miseria a quienes les ha faltado el amor y el buen trato en sus primeros años de vida, Javito cantaba a media voz, como escondiéndose en la masa vocal del conjunto. Pero un día el pequeño sin quererlo se había destapado. Ensayaban el Ave María de Schubert y Javito se sintió de pronto tan arrebatadamente transportado por la belleza de esa melodía, que el caudal de su voz desbordó los diques de su apocamiento y comenzó a elevarse poco a poco por sobre el coro hasta que sobresalió con una potencia y calidez sobrecogedora.

El padre Rolo quedó asombrado y admirado: Javito se revelaba poseedor de una voz y una sensibilidad sublimes, su cadencia parecía el sonido de un violín virtuosamente ejecutado, un verdadero regalo de Dios a esa pobre criatura tan carente de todo.

Primero ensayaron solos. Después lo hicieron con el coro. Javito se fue entusiasmando y su timbre de soprano alcanzó gradualmente mayor sonoridad y firmeza. A medida que se acercaba la Nochebuena los Villancicos iban saliendo cada vez mejor. Pero ¡ah! Noche de Paz, que iba a ser la coronación del recital y que cantaba íntegramente Javito con el acompañamiento del coro, era un torrente de armonía que se elevaba de la tierra al cielo como un himno al nacimiento del Salvador: "Noche de Paz, Noche de amor / Ha nacido el niño Dios / en un humilde portal de Belén / Sueña un futuro de amor y de fe / Viene a traernos la paz / Viene a traernos la paz".

Al finalizar cada ensayo el padre Rolo se levantaba del órgano y lo abrazaba y los chicos del coro aplaudían, demostraciones de aprobación que hacían sonreír a Javito. Un día, en un gesto insospechado, Javito le comunicó la noticia a su madre y le pidió que fuera a escucharlo en Nochebuena. - ¿Y desde cuándo cantás vos? - le preguntó la madre sin prestarle demasiada atención, pues estaba atareada sacándole las liendres a una de sus hijas.

- ¿No sabés que estoy en el coro?

- Sí, ya sé, pero de ahí a cantar solo... La hermana terció con tono despreciativo y burlón:

- Pero mamá, qué va a cantar, ¿vos le hacés caso a éste?

- El padre Rolo dice que canto bien...

- Bueno, bueno, ahora dejame que estoy muy ocupada - rezongó la madre.

- ¿Pero vas a venir al recital?

- ¿Cuándo, el 24?

- Si, a las nueve de la noche...

- Ni loca - dijo la mujer mientras tironeaba con el peine de acero el pelo de la hija que se quejaba dolorida - ; ¡No chillés, Mary, aguantátela! Mirá, acá te saqué dos liendres, ¡qué porquería! No nene, no me pidas que vaya el 24 porque tengo que estar en la casa de los Antúnez para preparar y servir la cena de Nochebuena.

Al día siguiente el padre Rolo notó a Javito reservado y triste. Lo llevó aparte, lo convidó con una gaseosa y le preguntó qué le sucedía. Tras muchos rodeos y negativas, Javito terminó por sincerarse:

- Es que mi mamá no puede venir al recital porque tiene que trabajar.

- ¿Ah, sí? Qué macana ¿no...?

- ¿Sabe, padre? Yo había pensado que sería lindo que vinieran a escucharme mi mamá y mi papá, y también mis hermanos. Pero mamá no puede... y papá... qué se yo por dónde anda. Porque si él se enterara, seguro que vendría. El chiquito quedó callado mirando el piso. Sus ojos se habían puesto brillantes y se notaba que estaba conteniendo el llanto.

- Mirá, Javito... - titubeó el sacerdote con intención de consolarlo - , Jesús debe de estar muy contento porque vos le vas a cantar el villancico en la noche de su Nacimiento. Eso es lo más importante. Si tus padres no pueden venir... paciencia. Tu mamá, pobre, tiene que trabajar...

- Sí, pero ¿y papá? Hace mucho que no lo veo, desde antes de la Navidad pasada.

- Bueno, pero si tuviéramos alguna forma de avisarle...

- Yo no sé dónde está. En casa nadie habla de él y yo no me animo a preguntar.

- Mirá Javito, tenés que confiar en Dios. No te pongas triste. A tu mamá tenés que comprenderla. En cuanto a tu papá... no sé, tal vez no esté en la ciudad...

- Yo tenía pensado... - dijo Javito bajando la mirada

- ¿Qué, Javito?

- ¿Si le pido a la Virgen un milagro de Nochebuena?

- Ajá... - dijo el sacerdote confundido - ¿y qué le querrías pedir?

-Que el 24 estén en la capilla papá y mamá. ¿Está bien eso, padre? El padre Rolo se sintió conmovido por la fe y la humildad de ese pobre chico que consideraba como un milagro el hecho, tan común y tan normal para muchos otros chicos, de que su familia estuviera reunida junto a él en una Nochebuena. Le dijo que sí, que rezara todas las noches, que la Madre de Jesús seguramente lo iba a escuchar. El sacerdote se quedó todo el día pensativo y preocupado. Esa noche se le fue el sueño. Finalmente se dijo: "Bueno, hombre de poca fe, ¿por qué en vez de dudar y de lamentar por anticipado la desilusión de Javito no la ayudás a la Virgen para que ese milagro se realice?".

Cuando faltaban cinco días para la Nochebuena el padre Rolo se llegó hasta la casa de Javito y trató de convencer a su madre de que el 24 fuera a escuchar a su hijo. Le contó lo bien que cantaba Javito y trató de hacerle entender lo importante que sería para el niño contar con el apoyo de su familia. La pobre mujer escuchó con respeto al cura y hasta sonrió con cierto aire de orgullo cuando éste le describió la calidad de la voz del pequeño y le señaló las posibilidades que tenía de dedicarse al canto cuando fuera mayor, siempre, claro, que estudiara y recibiera los estímulos indispensables. Sin embargo la señora le aseguró que era imposible dejar esa noche el trabajo.

Cuando el padre Rolo le preguntó por el paradero del marido, la mujer se puso muy tensa y le respondió enojada que no sabía nada de ese sinvergüenza y que no quería ni enterarse de por dónde andaba. Pero como el padre Rolo insistió y a ella le pareció incorrecto mentirle a un cura, terminó por confiarle ruborizada que su marido estaba preso, purgando una condena por robo, y que ella había preferido no decirle nada a sus hijos.

Llegó el 24. Javito, animoso y muy activo, estuvo todo el día en la capilla ayudando al padre 
Rolo en los preparativos. A eso de las ocho y media comenzaron a llegar los vecinos. Poco antes de las nueve todos los chicos estaban formados sobre una tarima escalonada junto al órgano. La gente los miraba casi con devoción: bien peinaditos, seriecitos y con unas largas túnicas blancas, parecían angelitos. La capilla había sido adornada con flores, cirios y un pesebre con grandes figuras. Se percibía la presencia del espíritu de la Navidad, listo para confortar las almas de aquellos seres desdichados.

Cuando eran las nueve pasadas el padre tomó la palabra y habló acerca de la Navidad y su profunda significación cristiana. Exaltó la importancia de la familia y habló de la necesidad de amar y alentar a los niños para que se desarrollen sin resentimientos ni temores. Les recordó que Jesús había nacido en un miserable establo, pobre de toda pobreza, y que sin embargo tuvo padres que lo amaron y lo protegieron hasta que fue mayor y pudo cumplir su grandiosa Misión.

Concluido el sermón, anunció la presentación del coro y enumeró los villancicos que se iban a ejecutar. Nombró a todos los integrantes del coro y mencionó especialmente a Javito como solista final del concierto.

Los pequeños cantores esperaban nerviosos el momento de iniciar el concierto.

Javito buscaba continuamente a alguien entre el público. Descubrió con alegría a Magda en la primera fila. En eso varias personas recién llegadas avanzaron por el pasillo central para instalarse en los pocos asientos vacíos que quedaban en las primeras filas.

- ¡Padre, mire! - susurró emocionado Javito señalando con los ojos a los recién llegados. El padre Rolo sonrió satisfecho. Allí estaba la madre de Javito acompañada por tres forasteros: una mujer joven muy elegante, un señor de aspecto distinguido y un adolescente que lucía un arito y largos cabellos rubios, todos ellos bien vestidos y de aspecto desenvuelto. Javito, sonriente, saludó a su mamá con la mano.

Comenzaron los villancicos. El público disfrutaba y aplaudía con entusiasmo cada ejecución. 

El espíritu de la Navidad ya había ganado todos los corazones. Cuando ya llegaban al final y se acercaba el momento de Noche de Paz, el padre Rolo hizo una pausa con el propósito de demorar esta última interpretación. Le habló al público acerca del origen de esta bella canción alemana compuesta por Franz Grüber y se extendió sobre la tradición popular de los villancicos navideños.

Echó algunas miradas ansiosas hacia la entrada de la capilla, como si esperara algo. Y ese algo se produjo por fin: ingresaron tres personas, un hombre canoso y flaco que avanzó tímidamente en dirección del Altar buscando un asiento desocupado, acompañado por dos señores que se quedaron parados junto a la entrada.

- ¡Padre Rolo! - exclamó Javito jubiloso al reconocer al visitante - ¡Vino mi papá!
El sacerdote sonrió aliviado, su amigo el juez de menores no le había fallado.

- Andá a saludarlo - lo animó el sacerdote. Javito ni lo pensó, saltó de la tarima y corrió al encuentro de su padre quien se arrodilló y lo abrazó con ternura.

- ¡Papito, viniste, viniste! - repetía sin soltarle el cuello a su padre.

- ¿Cómo no iba a venir a escucharte? - dijo emocionado el hombre - , pero ahora volvé a tu lugar que tenés que cantar.

Javito volvió corriendo a su tarima acompañado del ruidoso aplauso de toda la concurrencia que había observado la emotiva escena. Comenzó Noche de Paz.

Javito cantó con toda la alegría de su corazón, parecía una criatura etérea que se elevaba hacia el Altísimo con la cadencia de su hermosa voz. Cantó maravillosamente, pensando en la Virgen que lo había escuchado. El público lloraba de emoción, y su papá y mamá, desde distintos lugares, lo miraban conmovidos por esa armonía celestial que les regalaba su hijo y que hacía estremecer hasta a las imágenes del altar.

Los patrones de la mamá, que, a pedido del padre Rolo, habían decidido generosamente llevarla en su automóvil y asistir también ellos al recital, y los policías que habían acompañado al presidiario, se sintieron poseídos por el espíritu de la Navidad y hermanados con todas aquellas personas sencillas, desheredadas, sufrientes y olvidadas de la sociedad, que se habían reunido en esa pequeña capilla para celebrar el nacimiento del más pobre y humilde de todos los niños del mundo.

Fin. 

miércoles, 19 de diciembre de 2012

La Última Navidad

En la historia de los tiempos, concretamente en Navidad, todos nos volvemos más humanos, más alegres, más melancólicos... Todos menos Mr. Trodat, un viejo gruñón que siempre detestó la Navidad de una forma exagerada. Cuando llegaban estas fechas, se encerraba en su casa, se armaba de sus libros y cuando sonaban los villancicos, salía por la ventana a echar a los niños que los cantaban. 

- ¡Malditos niños! ¡Fuera de aquí y dejáos de ñoñeces!-. Todos le temían por su mal genio, y hasta Mrs. Antino, que limpiaba en su casa una vez por semana, le tenía no poco miedo. - De buena gana no le limpiaba más, total, para lo que me paga... pero mis hijos necesitan comer. ¿Este hombre no tiene sentimientos?- Les contaba a los que como ella, le conocían tan bien. Sabían que sus hijos le habían pedido limosna y que con patadas los había echado de su casa. Pero las nieves acechaban con sus garras heladas aquel año, impidiendo a los niños y las gentes cantar y estar felices. El hambre y el frío también tuvieron encuentro, y mucha gente enfermó aquella Navidad, en fin, como casi todas.

La noche anterior a Navidad, Mr. Trodat se acostó muy temprano. Cenó un poco de pan con ajo y se fue a la cama. Mientras dormía, alguien picó a la puerta de su habitación. -¿Quién recórcholis es? ¿Quién ha osado a entrar en mi casa sin mi permiso? ¿Es usted, Mrs. Antino?- Pero nadie contestó. Muy enfadado, sin un ápice de miedo en su retorcido rostro, cogió un trozo de leña y, poniéndose las zapatillas, se acercó a la puerta. Abrió súbitamente, -¡Maldito ladrón, te... !- pero no vio a nadie. - ¿Qué clase de broma es esta?-. Y gruñendo de nuevo, volvió a cerrarla.

De pronto, cuando solo se hubo acostado en la cama, la puerta se abrió y Mr. Trodat pudo ver asombrado una figura negra llevando consigo una hoz. -¿Quién eres? ¿Qué quieres?- Dijo titubeante- ¿No sabes quién soy?- Dijo la figura negra. -No, acércate más-. Y la figura negra así lo hizo. Cuando estuvo en sus mismas narices, Mr. Trodat pudo ver quién era. 

-¡No! ¡No! ¡Eres la Muerte! ¡Vete de mi casa! ¡Aún no me quiero ir!-. La Muerte, silenciosa, se sentó a su lado y le dijo: - Hace muchos años que estás muerto, Trodat. ¿Cuándo fue la última vez que sonreíste a un niño? ¿Cuándo fue la última vez que ofreciste tu cariño a la gente que lo necesitaba? Ya te he concedido demasiado tiempo. Esto se acabó-. ¡No, por favor! ¡Haré lo que me pidas, lo que quieras, pero no me lleves todavía! ¡Sí, sí, es verdad! ¡Soy un cascarrabias y un tonto viejo gruñón! ¡Tengo dinero para toda esta pobre gente! 

¿Ves? Lo guardo aquí... - Señaló a una baldosa debajo de su cama.- No puedo creerte. Tienes más de ochenta años y no has cambiado nunca. ¿Qué más da? Tarde o temprano, vendré a por ti, y a donde vas les caerás muy bien -. ¡Dame un día! ¡Sólo un día! ¡Te prometo que cambiaré! Oh, Dios mío, siempre he estado solo y nadie me ha dado cariño. Me he transformado en un monstruo...- Dijo abatido.- He esperado muchos años para oír esas palabras, pero ya es demasiado tarde. Ahora acuéstate, ponte cómodo. Tu nueva vida te espera...- Mr. Trodat hizo lo que la Muerte le había pedido, no sin antes levantar la baldosa y sacar de ella todos los billetes, dejándolos todos encima de su mesita de noche. Y esperó, esperó, hasta que dejó de pensar y sentir.

Al cabo de un tiempo que no supo medir, Mr. Trodat, suponiéndose muerto sobre su cama, fue deslumbrado por una luz cegadora, y a lo lejos, creyó oír unos angelicales cánticos. - ¡No puede ser, estoy en el cielo!- Pensó, pero no fue capaz de abrir los ojos, no hasta que escuchó unos fuertes golpes y una voz femenina. -¡Mr. Trodat! ¡Mr. Trodat! ¡Abra la puerta, soy Mrs. Antino!-. Entonces fue cuando abrió los ojos, y vio su cuarto, sus billetes encima de la mesita de noche y un rayo de luz entrando por la ventana.

- ¡Vamos, Mr. Trodat! ¡Hoy es Navidad! Le he traído un poco del pavo que he cocinado. ¡Vamos, no sea tan orgulloso y abra la puerta!- Y Mr. Trodat comprendió que la Muerte le había perdonado la vida. -¡Es maravilloso! ¡Estoy vivo! ¡Vivoooooo!- Así que dio un salto, se puso su batín, sus zapatillas, cogió unos cuantos billetes y bajó a saltos escaleras abajo hasta la puerta. Mrs. Antino ya se marchaba resignada con su pavo entre las manos y al oír los gritos del anciano, se volvió asustada, pensando que se había vuelto loco. -¡Mrs. Antino! ¡Vuelva aquí, por favor! ¡Es Navidad, Navidad, y estoy vivo! ¡Je,Je, vivoooooo!-

Y con sus gritos de euforia logró despertar a los que todavía dormían. A lo lejos se oyeron villancicos y había dejado de nevar, y habiéndole entregado cinco billetes a Mrs. Antino se fue corriendo hacia los chicos que cantaban, uniéndose a ellos y lanzando billetes a todos los pobres que acudían a su encuentro. -¡Se ha vuelto loco!- Decía la gente, y Mrs. Andino, llorando de emoción, dijo: - Dejadle que disfrute de su locura. Mr. Trodat sabe que ésta va a ser su última Navidad-. Y lo vieron regresar a su casa con un reguero de niños a sus espaldas, cantando y riendo, feliz por poder disfrutar de su última Navidad. 

martes, 18 de diciembre de 2012

El cuento de Navidad de Hogol

Cuenta una leyenda que hace ya mucho tiempo un joven hogol llegó al mundo de los humanos, en busca de un nuevo lugar donde vivir. Allí encontró ríos y lagos, montañas y llanuras, marismas y desiertos, nieve, agua, nubes, y el mar... que bonito es el mar (pensaba el hogol). Pero lo que más abundaba allí era la gente. El mundo de los humanos está repleto de gente y la gran mayoría viven en pueblos y ciudades. A buen seguro que son buenas personas para poder convivir todos juntos, y con este pensamiento el hogol decidió quedarse a vivir con los humanos.
Pero rápidamente se dio cuenta que las cosas no eran tan bonitas como él imaginaba. La gente que allí vivía era físicamente igual que él y externamente no se podían diferenciar. Pero el interior, la esencia de su ser tenía algo desconocido para él.

Se dio cuenta que los humanos no decían lo que pensaban. Muchas veces incluso decían lo contrario de lo que pensaban. Se enteró que muchas personas luchaban contra otras personas por motivos que él no entendía, que la ignorancia y el desconocimiento provocaba el miedo y el odio. El hogol no comprendía nada... allí nadie hacía nada por el mero placer de hacerlo. Todas las cosas tenían un precio. Alguien le dijo que incluso la amistad tenía un precio. ¿Como se pueden comprar los sentimientos, y con que moneda se pueden pagar? Poco a poco, la pequeña lamparita que iluminaba su corazón se fue apagando cada vez más. Aquello era muy diferente de lo que él había imaginado y se sentía atrapado en un mundo cruel y despiadado. La gente lo miraba de reojo y a veces podía sorprender a alguien que lo señalaba con el dedo tras de si.

'Aquí el primero es uno mismo y el resto importa poco', pensó Hogol mientras una lágrima se resistía a salir de sus ojos

Aun así, había una cosa de aquel mundo que él amaba: el mar. Era tan inmenso, tan misterioso, tan tranquilo cuando estaba en calma, y tan poderoso cuando se enojaba... Siempre que se sentía triste iba hasta la playa y allí, solo, mirando el horizonte a menudo lloraba su tristeza.

Pero un día, mientras el hogol se encontraba en la playa, repentinamente un viento suave y lejano acarició sus mejillas. Y entre el rumor del viento pudo reconocer la voz del Hermano Árbol, el árbol sabio que vive en Hogoland y gran amigo de todos los hogol.

- Hermano! Que alegría poder escuchar tu voz!

- Hace tiempo que te veo en esta playa, joven hogol. Y cada vez que lo hago te veo llorando. ¿Cual es el mal que ha ahogado tu corazón?

- Tengo mucho miedo Gran Hermano...

- De que tienes miedo?

- La gente... aquí la gente es diferente. No dicen lo que piensan y no hacen lo que sienten. Tengo miedo de volverme como ellos, Hermano.

- No creas que son tan diferentes de vosotros pero tienes razón: podrías convertirte en uno de ellos. Ten cuidado.

- ¿Quizás tú podrías ayudarme Hermano?

- ¿Ayudarte como, joven hogol?

- Quizás podrías evitar que me vuelva como ellos y hacer que sea feliz para siempre y que nunca más vuelva a llorar. O aun mejor, ¿por que no los cambias a todos? Este mundo sería mucho mejor, Gran Hermano!

- Sí, realmente seria un sitio maravilloso para vivir, pero aunque tengo poderes mágicos, no son tan poderosos como para conseguirlo.

La expresión de ilusión que por un momento se había dibujado en la cara del Hogol se volvió a convertir en tristeza y volvió a bajar su mirada.

- No llores, joven hogol. Así no solucionarás tu problema.

-¿Yqué quieres que haga, Hermano? Ni siquiera tú, con tus poderes puedes hacer nada! ¿Que puede hacer este pobre Hogol?

- Puedes hacer muchas cosas (le sonrió la voz). Tu mismo lo has dicho antes, piensalo un poco.

- ¿Qué es lo que he dicho antes?

- Que tenias miedo de volverte como ellos. Si te puedes volver como ellos, no crees que ellos se pueden volver como tú?

- ¿Como?

- Los humanos son como vosotros en una cosa muy importante: no son malos por instinto. 

Los hacen volverse así. Por los motivos que sean se vuelven así pero no lo son por naturaleza. Ahora piensa un poco: si a ti te sorprende su manera de ser, de vivir, de sentir, no crees que ellos también se sorprenden cuando te ven a ti? Quizás les puedas enseñar a ver las cosas de otro modo, a hacer sonreír cuando alguien está triste, a abrazar cuando alguien tiene miedo, a dar amor cuando encuentras un corazón roto.

- ¿Crees que serviría de algo? Aquí hay muchísima gente y yo conozco a muy pocas personas.

- No te preocupes por la cantidad, lo importante es que contagies tu felicidad a la gente que conozcas. La felicidad de uno mismo nunca lo es del todo si la gente que te rodea no es feliz. Si haces lo que te pido Hogol, yo te concederé lo que me has pedido antes.

- Hacer feliz todo este mundo?

- Hacer feliz todo este mundo, sí, pero únicamente un día al año. Mis poderes no son tan grandes, pero puedo hacer feliz a todos una vez al añol, siempre que tu cumplas tu parte del trato.

- Parece muy difícil eso que me pides Hermano, los humanos tienen un mundo maravilloso pero viven de espaldas a él. Pero lo intentaré, Gran Hermano.

- Has hablado con mucha sabiduría joven hogol, recuerda: mientras tu hagas lo que has prometido yo cumpliré mi parte, ¿de acuerdo?

- Sí, de acuerdo!

El hogol se descubrió de pié en la playa con los brazos extendidos, igual que hacía cuando era pequeño allá en Hogoland, junto al Gran Hermano cuando el viento soplaba.

Ya no lloraba, se sentía muy bien. El Gran Hermano había venido de muy lejos para hablar con él. Esto no era muy corriente... Quizás era una persona especialmente querida por el Gran Hermano. Por primera vez en mucho tiempo el hogol sonrió mientras miraba como el sol se hundía en el horizonte y la Luna empezaba a perseguirle.

¿Que le habrá hecho el Sol a la Luna para que siempre lo esté persiguiendo? (se preguntaba el Hogol) Y con este enigma en su cabeza volvió a casa para pasar la noche.

Al día siguiente por la mañana, el hogol salió a la calle y se quedó maravillado. Había nevado! Todo era de color blanco, que bonito! Pero algo extraño pasaba... todas las personas que caminaban por la calle llevaban una sonrisa en su cara, y cuando se cruzaban se saludaban. Y mirándolos a los ojos mientras lo hacían el hogol vio que esta vez sí decían lo que pensaban y sí hacían lo que sentían. Las calles estaban llenas de luces y colores y los niños corrían de un lugar a otro para poder verlas todas, igual que las mariposas que vuelan hasta la luz de un farol.

- ¿Que sucede? (preguntó el hogol a un hombre que paseaba por la calle)

- Hoy es Navidad!

- ¿Navidad?

- Claro! Hoy es un día de felicidad para todos. Nos reunimos en nuestras casas y pasamos el día con la gente que queremos y deseamos a todos que sean felices.

El hogol sonrió al darse cuenta que el Gran Hermano había cumplido su palabra y que al menos, una vez al año aquel mundo se parecía a Hogoland.

Y desde entonces aquel hogol ha estado viajando por aquel mundo, siempre intentando compartir su felicidad con la gente que ha ido conociendo. Haciendo sonreír al que está triste, abrazando al que tiene miedo y dando amor al que tiene el corazón roto, tal como le pidió el Gran Árbol. El Gran Hermano a cambio, cada año envía un día de felicidad para todos. Y así será mientras el hogol cumpla su parte del trato.


Desconozco su Autor.

Fin. 

lunes, 17 de diciembre de 2012

Una historia para reflexionar sobre el Orgullo

Hace mucho tiempo, había una grulla y un flamenco que vivían en los extremos opuestos de cierto lago. Coincidían a veces, pero cada uno llevaba su vida, y se ignoraban mutuamente.

Hasta que un día el flamenco se dijo a sí mismo: «Estoy muy solo, y esta vida es aburrida... Iré a ver a la grulla y le pediré que se case conmigo».

Y eso fue lo que hizo. Al oír su petición, la grulla la rechazó de plano: «Eres feo, tienes las patas muy delgadas  y, además, estoy muy tranquila viviendo sola, así que vete ahora mismo». Compungido y triste, el flamenco se marchó.

Transcurridos unos días, la grulla empezó a arrepentirse de haber rechazado tan groseramente al flamenco: «Después de todo, creo que sería buena idea casarme con él... Mejor eso, que pasarme todo el día buscando peces en el lago y soportando a mis compañeras». Con esta determinación, acudió a ver al flamenco.

Cuál no sería su sorpresa cuando el flamenco rechazó su petición: «¡Pues ahora soy yo el que no se quiere casar contigo! ¡Lo he pensado mejor, y estoy mejor solo que aguantando a una grulla maleducada como tú!» Así que la grulla regresó a su lado del lago.

Pocos días pasaron hasta que el flamenco se recriminó a sí mismo el trato que le había dado a su vecina: «No lo entiendo», se dijo, «yo me quiero casar con ella, viene a pedírmelo, y la rechazo... no sé en qué estaría pensando... voy corriendo a decirle que sí».

Mas la grulla, herida en su orgullo, volvió a rechazar la petición del flamenco: «¡Pues ahora yo no me quiero casar contigo! Te di tu oportunidad y la desaprovechaste»

Pero al cabo de varios días la grulla volvió a arrepentirse de haber despreciado al flamenco, y volvió a acudir a él, aceptando su petición... la cual, por supuesto, fue rechazada por el flamenco...

Dice la historia que todavía siguen así la grulla y el flamenco.

viernes, 14 de diciembre de 2012

El Aleteo de un Angel

Aquella tarde salí a pasear. Después de tantos años de incertidumbre aún andaba perdido, deambulando por las circunvoluciones de un extinto recuerdo, de la más primordial memoria, del secreto de mi propio origen. Quizás hoy pudiera encontrar la respuesta.

Al mirar al cielo de mi propia inquietud, descubrí algunos nubarrones atenazados a la luz de un Sol de la conciencia que se esforzaba en tomar posesión de mis más ancestrales olvidos. ¿Cuándo podría rasgar por fin el velo de mis más profundos secretos, aquellos que dormitan en lo más hondo de la primigenia memoria perdida?.

El cauce de un río próximo, de aguas cristalinas, captó de una forma poderosa y suave mi atención. El reflejo del Sol sobre su mansa superficie me hizo pensar en la vida como en un fenómeno del río de la existencia, que refleja la luz de la auténtica conciencia de una forma velada, al tiempo que profunda, y en constante movimiento. ¿Pero acaso el Ser no permanece y es mi mente quien se mueve?. ¿Cómo podría recobrar aquella Primigenia Memoria, aquél recuerdo trascendente, que rescatara del olvido mi auténtica naturaleza?. A voces en mi interior, lance a mis espacios infinitos la sagradas preguntas que me persiguen desde cada uno de los todos que componen mi todo: ¿Cuál es mi verdadero nombre?. 
¿Qué y quién soy en verdad?. ¿Qué cuna del espíritu me vio nacer hace eones de tiempo?.

Como si de un sueño se tratase, la muda voz de la brisa me susurró al oído:

" Mírate en la belleza de todo cuanto acontece y te rodea ".

Miré a mi alrededor, y todo cuanto pude observar irradiaba la maravillosa presencia de la perfección. Las piedras, los árboles, el mismo río..., todo era perfecto en sí mismo. Y, al tiempo, todo dependía de mí, de mi mirada, de mi estado. ¿Acaso todo cuanto veo no forma parte de mí?. ¿No soy acaso un fragmento de todo ello?.
En mi paseo, al tiempo que conversaba hacia mis adentros con la santa presencia de la soledad, mi incansable búsqueda me hacía tocar las puertas del corazón de cada una de las criaturas que habitaban aquel maravilloso paraje de la conciencia. Cada uno de estos seres parecía gritarme en silencio, dirigirse a mí como quien le habla a un perdido hermano de frágil memoria. ¿Cuándo te unirás conscientemente a nosotras?, parecían decir las amapolas. ¿Cuándo tu corazón mirará a través de tus ojos, y tomará posesión de tus manos?, coreaban algunas rocas. ¿Cuándo levantarás el vuelo del espíritu, y descubrirás lo pequeño de lo grande y lo grande de lo pequeño?, casi cantaba el águila en su majestuoso vuelo.

"Quizás la gran familia de la humanidad no es otra realmente que la gran familia planetaria", reflexionaba en voz alta mientras cruzaba el puente. A fin de cuentas, todo cuanto veía a mi alrededor no era otra cosa que mi verdadero hogar, el habitáculo de mis búsquedas, de mis preguntas y respuestas. Un mundo repleto de iguales, vestidos con ropajes diferentes y con cometidos distintos, que acompañan su caminar con diversas melodías integrantes todas de la sinfonía de la vida.

Durante mi paseo, en el quieto deambular de unos pies imaginarios acostumbrados a viajar de mundo en mundo, de estrella en estrella, volvía a encontrarme con la raíz de las más primigenias preguntas, de los más ancestrales misterios. Por eso, al cruzar el puente que une la realidad del Ser con la fragilidad de la Memoria Primigenia, puse toda mi atención en el caminante que pausadamente se dirigía hacia mí. Al ver su rostro, con sorpresa descubrí que era mi propio rostro. Y le pregunté:

"¿Quién eres tú, que adornas tu alma con un rostro como el mío, como si expresión de una conciencia escindida fuera?".

Serenamente, como si conociera la respuesta a toda pregunta, me contestó:

"¿Acaso no sabes reconocer que el rostro de cada hombre es igual al de cada hombre?. ¿Desde qué recóndito lugar de tí mismo te buscas que aún no has aprendido que todo cuanto ves fuera vive dentro de ti?. No alimentes el sueño de lo diferente, del observador y lo observado, pues en la raíz de cada incógnita está su propia respuesta, en el inicio de cada camino está el final del mismo. El secreto de la Memoria Primigenia habita en tu propio laberinto."

Un relámpago, seguido de un trueno, atrajo mi atención. El cielo parecía haberse quebrado. Como si de una broma de la conciencia se tratase, me encontré sentado en mi sillón, ante la blanca pared que de vez en vez me veía meditar. Comenzaba a llover, y a darme cuenta de dónde estaba realmente. Mi viaje por la conciencia empezaba a parecerme producto de un sueño. Sin embargo, aún atesoraba la sensación de absoluta realidad que en todo momento me había acompañado. Quizás en este momento, al abrir los ojos, estaba realmente soñando. ¿Acaso no me encontraba ahora apresado por la férrea jaula de quien se cree limitado?. ¿Acaso no es tan cierto el vuelo del águila como el aleteo del ángel?.

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