jueves, 28 de junio de 2012

Apelaciones

 
En la Edad Media, un hombre muy virtuoso fue falsamente acusado de asesinato. El verdadero culpable era una persona muy influyente en el reino, por lo que se buscó un chivo espiatorio para encubrirlo.
 
El hombre fue llevado a juicio y comprendió que tenía pocas posibilidades de salvarse de la horca.
 
El juez, que también estaba confabulado, se encargó de hacer lo posible porque pareciera un juicio justo, por lo que le dijo a l acusado: 
 
- Conocida tu fama de hombre justo, voy a dejar tu suerte en manos de Dios; escribiré en dos papeles las palabras "culpable" e "inocente", tú escogerás y será la Providencia la que escoja tu destino.
 
Por supuesto, el perverso funcionario, había preparado dos papeles con la misma leyenda: "culpable".
 
La víctima, aún sin conocer los detalles, se intuyó que era una trampa.
Cuando el juez le conminó a tomar uno de los papeles, el hombre respiró profundamente, cerró los ojos, y permaneció unos segundos en silencio. Cuando la sala comenzaba ya a impacientarse, abrió los ojos y, con una sonrisa,  tomó uno de los papeles, se lo metió en la boca y lo tragó rápidamente.
 
Sorprendidos e indignados, los presentes le reprocharon:
 
- ¿Pero ahora cómo vamos a saber qué ponía en el veredicto?
- Es muy sencillo- replicó el hombre, - es cuestión de leer el que queda y sabremos qué decía el que me tragué.
 
Con refunfuños, y un enfado mal disimulado, debieron liberar al acusado y jamás le volvieron a molestar.


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