viernes, 18 de enero de 2013

El Vendedor de Globos

Una vez había una gran fiesta en el pueblo. Toda la
gente había dejado sus trabajos y ocupaciones de cada día para
reunirse en la plaza principal, donde estaban los juegos y los
puestos de venta de cuantas cosas bonitas uno pudiera
imaginarse. Los niños eran quienes gozaban con aquella fiesta.

Había venido de lejos todo un circo, con payasos y
equilibristas, con animales amaestrados y domadores. También
se habían acercado hasta el pueblo toda clase de vendedores,
que ofrecían golosinas, alimentos y juguetes.

Entre todas estas personas había un vendedor de
globos. Los tenía de todos los colores y formas. Había algunos
que se distinguían por su tamaño. Otros eran bonitos porque
imitaban a algún animal conocido, o extraño. Grandes, chicos,
vistosos o raros, todos los globos eran originales y ninguno se
parecía al otro. Sin embargo, eran pocas las personas que se
acercaban a mirarlos, y menos aún los que pedían para comprar
algunos.

Pero se trataba de un gran vendedor. Por eso, en un
momento en que toda la gente estaba ocupada en curiosear y
detenerse, hizo algo extraño. Tomó uno de sus mejores globos
y lo soltó. Como estaba lleno de gas, el globo comenzó a
elevarse rápidamente y pronto estuvo por encima de todo lo que
había en la plaza. El cielo estaba claro, y el sol radiante de la
mañana iluminaba aquel globo que trepaba y trepaba, rumbo
hacia el cielo, empujado lentamente por el viento quieto de
aquella hora. El primer niño gritó:

-¡Mira mamá un globo! Inmediatamente fueron varios
más quienes lo vieron y lo señalaron a las personas más
cercanas. Para entonces, el vendedor ya había soltado un
nuevo globo de otro color y tamaño mucho más grande. Esto
hizo que prácticamente todo el mundo dejara de mirar lo que
estaba haciendo, y se pusiera a contemplar aquel sencillo y magnífico
espectáculo de ver como un globo perseguía al otro en su subida al cielo.

Para completar la cosa, el vendedor soltó dos globos
con los mejores colores que tenía, pero atados juntos. Con esto
consiguió que una tropa de niños pequeños lo rodeara, y pidiera
a gritos que su papá o su mamá le comprara un globo como
aquellos que estaban subiendo y subiendo.

Al gastar gratuitamente algunos de sus mejores globos,
consiguió que la gente le valorara todos los que aún le
quedaban, y que eran muchos. Porque realmente tenía globos
de todas formas, tamaños y colores. En poco tiempo ya eran
muchísimos los niños que se paseaban con ellos, y hasta había
alguno que imitando lo que viera, había dejado que el suyo
trepara en libertad por el aire.

Había allí cerca un niño negro, que con dos lagrimones
en los ojos, miraba con tristeza todo aquello. Parecía como si
una honda angustia se hubiera apoderado de él. El vendedor,
que era un buen hombre, se dio cuenta de ello y llamándole le
ofreció un globo. El pequeño movió la cabeza negativamente, y
rehusó a tomarlo.

-Te lo regalo, pequeño-le dijo el hombre con cariño,
insistiéndole para que lo tomara.

Pero el niño negro, de pelo corto y ensortijado, con dos
grandes ojos tristes, hizo nuevamente un ademán negativo
rehusando aceptar lo que se le estaba ofreciendo. Extrañado el
buen hombre le preguntó al pequeño que era entonces lo que lo
entristecía. Y el negrito le contestó, en forma de pregunta:
-Señor, si usted suelta ese globo negro que tiene ahí
¿Subirá tan alto como los otros globos de colores?

Entonces el vendedor entendió. Tomó un hermoso globo
negro, que nadie había comprado, y desatándolo se lo entregó
al pequeño, mientras le decía:-Haz tú mismo la prueba. Suéltalo
y verás como también tu globo sube igual que todos los demás.
Con ansiedad y esperanza, el negrito soltó lo que había
recibido, y su alegría fue inmensa al ver que también su globo
trepaba velozmente lo mismo que habían hecho los demás
globos. Se puso a bailar, a palmotear, a reírse de puro contento
y felicidad. Entonces el vendedor, mirándolo a los ojos y acariciando
su cabecita rizada, le dijo con cariño:

-Mira pequeño, lo que hace subir a los globos no es la
forma ni el color, sino lo que tiene adentro.
No importa nuestro aspecto ni nuestro color, sino lo que
realmente tenemos en nuestro interior para dar. Abrid vuestro
corazón y dejad que todo ello salga. Que la luz de vuestro
corazón ilumine a otros corazones. 


No hay comentarios:

PARTICIPAR EN ESTE BLOG