jueves, 28 de agosto de 2014

Más que un Anillo de Compromiso




Un muchacho entró con paso firme a la joyería y pidió que le mostraran el mejor anillo de compromiso que tuvieran. El joyero le mostró una hermosa piedra solitaria que brillaba como un pequeño sol resplandeciente. El muchacho contempló el anillo, preguntó el precio y con una sonrisa se dispuso a pagarlo.


¿Se va usted a casar pronto? - Preguntó el joyero.

¡No! - respondió el muchacho - Ni siquiera tengo novia.

Es para mi mamá - dijo el muchacho. Cuando yo iba a nacer estuvo sola; alguien le aconsejó que me matara antes de que naciera, así se evitaría problemas. Pero ella se negó y me regaló la vida que hoy puedo disfrutar. Fue padre y madre. Amiga, hermana y maestra. Me hizo ser lo que soy. Ahora que puedo le compro este anillo de compromiso. Ella nunca tuvo uno. Yo se lo doy como promesa de que si ella hizo todo por mí, ahora yo haré todo por ella.



El joyero, sorprendido, no dijo nada. Solamente ordenó a su cajera que hiciera al muchacho el descuento especial que sólo se hace a los clientes importantes.


Reflexión:

Tenemos casas más grandes, pero familias más chicas.

Tenemos más compromisos, pero menos tiempo.

Tenemos más medicinas, pero menos salud.

Hemos multiplicado nuestras fortunas, pero interiormente estamos vacíos.

Hablamos mucho, amamos poco y odiamos demasiado.

Hemos llegado a la luna y regresamos, pero tenemos problemas para cruzar la calle y conocer a nuestro vecino.

Hemos conquistado el espacio exterior pero no el interior.

Tenemos mayores ingresos, pero menos moral y felicidad.

Estos son tiempos con más libertad, pero menos alegría.

Con más comida, pero menos nutrición.

Son días en los que llegan dos sueldos a casa, pero aumentan los divorcios.

Son tiempos de casas más lindas, pero más hogares rotos.



Por eso, siéntate en la terraza y admira la vista sin fijarte en las malas hierbas; pasa más tiempo con tu familia y con tus amigos en el campo, en la playa; come tu comida preferida; visita los sitios que te gustan.

La vida es una sucesión de momentos para disfrutar, no es sólo para sobrevivir.

Escribamos aquella carta que pensábamos escribir.

Digamos hoy a nuestros familiares y amigos cuánto los queremos.

No retrases nada que agregue alegría y felicidad a tu vida.

Cada día, hora y minuto pueden ser especiales

   
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miércoles, 27 de agosto de 2014

El verdadero Valor del Silencio



  
Sólo los que sufren conocen el verdadero silencio. Para ellos, todo son simplemente gestos, bocas que ríen sin carcajadas, la tristeza de una lágrima, o las marcas del dolor. Un montón de sensaciones vacías, sordas que sólo perduran en los gestos...

Una cabeza que se gira, un movimiento repentino, es el testimonio del ruido, del “sordo ruido” que sólo nosotros oímos…

Vivir en esa ausencia de sonido nos ha hecho perspicaces, sensibles y muy conscientes de las actitudes y los gestos de quienes nos rodean. Porque esos signos vitales, nos ayudan a sobrevivir...

Sólo los que sufrimos conocemos el verdadero y profundo silencio.

Es como estar en un oscuro túnel y empezar a andar hacia esa pequeña luz que nos parece apreciar a lo lejos, aunque no estemos seguros de alcanzarla...

Gracias a Dios la imaginación es nuestra aliada, ella pone voces y diálogos en la muda televisión, es ella quien pone ritmo al movimiento de los bailarines. ¿Qué sería de nosotros sin ella...

La contemplación nos ha hecho agudos, a través de los gestos de los rostros y de algunos movimientos, sabemos cuál es la naturaleza de las situaciones, compartimos las penas, compartimos las alegrías...

Finalmente, el silencio es nuestro aliado, aprendemos a convivir con él y a disimularlo...

Sólo los que sufren saben el verdadero significado y riquezas del silencio...

Sigue siendo aquel oscuro túnel de siempre, pero llega el momento en el que, poco a poco y en medio de la oscuridad, crece en nosotros esa esperanza que nos susurra al oído: “Algún día la vas a alcanzar”

Osvaldo L. Paladino (sordo)
 
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martes, 26 de agosto de 2014

El Aguila y la Serpiente




 
En el interior de cada persona se libra una gran batalla.
Por un lado se encuentra el águila que asciende.
Todo lo que el águila representa es bondad y belleza.

Esta se eleva muy por encima de las nubes y aun cuando cae en picada hacia los valles, construye su nido en los riscos verticales de las montañas.

Esta águila se alimenta de esfuerzo y entrega, forma también parte de su menú el sacrificio y las luchas.
Está acostumbrada a soportar privaciones y lleva con hidalguía las pruebas.
Nunca se derrota y está siempre dispuesta a volver a empezar.

Al otro lado de nuestro interior se encuentra la escurridiza serpiente, la víbora de cascabel.
Este taimado y engañoso reptil representa los peores aspectos de una persona, su lado oscuro.
La serpiente se alimenta de los fracasos y caídas de las personas.
La depresión es otro de sus bocados y se justifica a sí misma por su presencia en la masa escurridiza.
Por eso nos enseña a huir y a nunca enfrentarnos a nosotros mismos.
Tiene la facilidad de arrastrarnos a los vicios y suscitar en nosotros nuestros más bajos instintos...

La gran pregunta es: ¿Cuál de las dos ganará la batalla por nuestra vida?

La respuesta es más sencilla de lo que nos imaginamos: ¡Ganará la que más alimentemos!

¿A cuál estás alimentando más?

Si en tu vida toma control el fracaso y la mediocridad que te llevan a eludir constantemente tus responsabilidades...
¿No será que dejaste que la serpiente se enseñoreara en tu vida?

Dios no nos creó para el fracaso, y aunque digamos que ésta nos ha traído muchos sinsabores, también es cierto que nos ha regalado experiencias maravillosas y felices junto a nuestros seres queridos.

¡¡Deja de alimentar a la serpiente y de quejarte de tu propia suerte!!

¡¡Si te caíste, sigue el ejemplo del águila y vuélvete a levantar!!

"Porque nunca nos ha enviado el Señor una prueba que no podamos soportar sino que juntamente con la prueba nos dará la salida para que podamos resistir"
 
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AL CINCUENTA POR CIENTO

 
Nasrudín fue arrestado y conducido al tribunal bajo la acusación de haber metido carne de caballo en las albóndigas de pollo que servía en su restaurante.
Antes de pronunciar la sentencia, el juez quiso saber en qué proporción mezclaba la carne de caballo con la de pollo. Nasrudín, que todavía estaba bajo juramento, respondió:
— Al cincuenta por ciento, señoría.
Después del juicio, un amigo le preguntó qué significaba exactamente ese “cincuenta por ciento”. Y Nasrudín le dijo:
— Un caballo por cada pollo.


Cuento de la tradición sufí.


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