viernes, 31 de octubre de 2014

EL POZO DE AGUARDIENTE (Cuento Corto)


 
La montaña Jefú queda a poca distancia de una aldea. Allí, cerca de un pequeño lago, existe un templo conocido como el de la Madre Wang. Nadie sabe en qué época vivió la Madre Wang, pero los viejos cuentan que era una mujer que fabricaba y vendía aguardiente. Un monje taoísta tenía la costumbre de ir a beber a crédito en su casa. La tabernera no parecía prestarle mayor atención a esa demora en el pago: el monje se presentaba y ella lo servía de inmediato.


Un día, el taoísta le dijo a la Madre Wang:


— He bebido tu aguardiente y, como no tengo con qué pagártelo, voy a cavar un pozo.


Cuando terminó el pozo, se dieron cuenta de que contenía un buen aguardiente.


— Es para pagar mi deuda —dijo el monje, y se fue.


Desde aquel día la mujer no tuvo necesidad de hacer aguardiente. Servía a sus clientes el licor que sacaba del pozo, mucho mejor que el que anteriormente fabricaba con cereal fermentado. Su clientela aumentó enormemente. En tres años hizo una gran fortuna de decenas de miles de monedas de plata.



De improviso, un día volvió el monje. La mujer le agradeció efusivamente.



— ¿Es bueno el aguardiente? —le preguntó el monje.



— Sí, el aguardiente es bueno —admitió ella—. ¡Lástima que, como no fabrico el aguardiente, ya no tengo cáscaras de cereal para alimentar a mis cerdos!



Riéndose, el taoísta tomó el pincel y escribió en el muro de la casa:



La profundidad del cielo no es nada,

el corazón humano es infinitamente más hondo.

El agua del pozo se vende por aguardiente,

pero la mujer se lamenta de no tener cáscaras para sus cerdos.
 

Cuento de la tradición taoísta


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miércoles, 29 de octubre de 2014

Conoce de una vez tus Miedos y Combatelos-EL PERRO QUE NO PODIA BEBER




Cierta vez le preguntaron a Shibli:

— ¿Quién te guió en el Camino?

Él contestó:

— Un perro.

Luego, relató lo siguiente:

— Un día, lo encontré casi muerto de sed a la orilla del río. Cada vez que veía su imagen en el agua se asustaba y se alejaba creyendo que era otro perro. Finalmente, fue tal su necesidad de beber que, venciendo su miedo, se arrojó al agua; y, entonces, “el otro perro” se esfumó. 

El perro descubrió que el obstáculo era él mismo y la barrera que lo separaba de lo que buscaba había desaparecido. 

De esta misma manera, mi propio obstáculo desapareció cuando comprendí que era mi propio ser. Fue la conducta de un perro la que me señaló por primera vez el Camino.
 
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domingo, 26 de octubre de 2014

Una hermosa Bendición para un Árbol


Un hombre hambriento, sediento y cansado viajaba por el desierto cuando se encontró con un árbol de frutos deliciosos, bajo el cual corría un manantial de agua clara.
El viajero se detuvo a su sombra, comió de la fruta, bebió del agua, y descansó bajo el follaje. Cuando estaba a punto de partir, se volvió hacia el árbol y le dijo:
— ¡Oh, árbol! ¿Qué bendiciones puedo desearte? ¿Que tus frutos sean dulces? Tus frutos ya son dulces. ¿Qué tu sombra sea abundante? Tu sombra ya lo es. ¿Que una fuente de agua clara corra a tus pies? Un manantial ya baña tus raíces. Sólo una cosa puedo desearte: quiera Dios que todos los árboles nacidos de tus semillas sean como tú.

Cuento de la tradición jasídica.

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sábado, 25 de octubre de 2014

EL FILOSOFO Y EL ZAPATERO (cuento corto)

 

Un filósofo llegó un día al taller de un zapatero remendón con unos zapatos gastados y le dijo:
 

— Por favor, remiéndalos.
 

— Ahora estoy ocupado con otros zapatos —respondió el hombre—. Pero deja los tuyos ahí y usa este otro par por hoy.
 

— No uso zapatos que no son míos —protestó indignado el cliente.
 

— ¿Eres un filósofo y no puedes calzarte los zapatos de otro hombre? Al final de esta calle hay otro remendón que comprende a los filósofos mejor que yo. Recurre a él para hacer el trabajo.

Cuento de Gibran Khalil Gibran

 

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viernes, 24 de octubre de 2014

LA SUEGRA Y LA NUERA-TEN CUIDADO CON LO QUE PLANTAS



Hace mucho tiempo, una joven China llamada Lee se casó y fue a vivir con el marido y la suegra. Después de algunos días, no se entendía con ella. Sus personalidades eran muy diferentes y Lee fue irritándose con los hábitos de la suegra, que frecuentemente la criticaba. 

Los meses pasaron y Lee y su suegra cada vez discutía más y peleaban.
De acuerdo con una antigua tradición china, la nuera tiene que cuidar a la suegra y obedecerla en todo. 

Lee, no soportando más vivir con la suegra, decidió tomar una decisión y visitar a un amigo de su padre.
Después de oírla, él tomó un paquete de hierbas y le dijo: "No deberás usarlas de una sola vez para liberarte de tu suegra, porque ello causaría sospechas".
 

Debes darle varias hierbas que irán lentamente envenenando a tu suegra. Cada dos días pondrás un poco de estas hierbas en su comida. Ahora, para tener certeza de que cuando ella muera nadie sospechará de ti, deberás tener mucho cuidado y actuar de manera muy amigable. No discutas, ayúdala a resolver sus problemas. Recuerda, tienes que escucharme y seguir todas mis instrucciones" .

Lee respondió: "Si, Sr. Huang, haré todo lo que usted me pida". Lee quedó muy contenta, agradeció al Sr. Huang, y volvió muy apurada para comenzar el proyecto de asesinar a su suegra. 

Pasaron las semanas y cada dos días, Lee servía una comida especialmente tratada a su suegra. Siempre recordaba lo que el Sr. Huang le había recomendado sobre evitar sospechas, y así controló su temperamento, obedecía a la suegra y la trataba como si fuese su propia madre.
 

Después de seis meses, la casa entera estaba completamente cambiada. Lee había controlado su temperamento y casi nunca aborrecía a su suegra. 

En esos meses, no había tenido ni una discusión con ella, que ahora parecía mucho más amable y más fácil de lidiar con ella. Las actitudes de la suegra también cambiaron y ambas pasaron a tratarse como madre e hija.
 

Un día Lee fue nuevamente donde el Sr. Huang, para pedirle ayuda y le dijo: "Querido Sr. Huang, por favor ayúdeme a evitar que el veneno mate a mi suegra. Ella se ha transformado en una mujer agradable y la amo como si fuese mi madre. No quiero que ella muera por causa del veneno que le di".

El Sr. Huang sonrió y señaló con la cabeza: "Sra. Lee, no tiene por qué preocuparse. Su suegra no ha cambiado, la que cambió fue usted. Las hierbas que le di, eran vitaminas para mejorar su salud. El veneno estaba en su mente, en su actitud, pero fue echado fuera y sustituido por el amor que pasaste a darle a ella".

 
En la China existe un adagio que dice: "La persona que ama a los otros, también será amada". La mayor parte de las veces recibiremos de las otras personas lo que les damos y por eso ten cuidado!!!
Acuérdate siempre: 

"El plantar es opcional, pero la cosecha es obligatoria, por eso ten cuidado con lo que plantas"  

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jueves, 23 de octubre de 2014

LA HUMILDAD-PRÁCTIQUEMOS ESTE GRAN VALOR



 
Se acercaba mi cumpleaños y quería ese año pedir un deseo especial al apagar las velas de mi pastel.

Caminando por el parque me senté al lado de un mendigo que estaba sentado en uno de los bancos, el más retirado, viendo dos palomas revolotear cerca del estanque y me pareció curioso ver a un hombre de aspecto abandonado, mirar las avecillas con una sonrisa en la cara que parecía eterna.
Me acerqué a él con la intención de preguntarle por qué estaba tan feliz.

Quise también sentirme afortunado al conversar con él para sentirme más orgulloso de mis bienes, porque yo era
Un hombre al que no le faltaba nada, tenía mi trabajo que me producía mucho dinero, claro ¿cómo no iba a producírmelo trabajando tanto?, tenía mis hijos a los cuales gracias a mi esfuerzo tampoco les faltaba nada y tenían los juguetes que quisiesen tener.

En fin gracias a mis interminables horas de trabajo no les faltaba nada a mi familia.

Me acerqué entonces al hombre y le pregunte, ¿Caballero que pediría usted como deseo en su cumpleaños?
Pensando yo que el hombre me contestaría que dinero y así de paso yo darle unos billetes que tenía y hacer la obra de caridad del año.
No sabe usted mi asombro cuando el hombre me contesta lo siguiente con la misma sonrisa en su rostro que no se le había borrado y nunca se le borró:

-Amigo, si pidiese algo más de lo que tengo sería muy egoísta, yo ya he tenido de todo lo que necesita un hombre en la vida y más. Vivía con mis padres y mi hermano antes de perderlos una tarde de junio, hace mucho, conocí el amor de mi padre y mi madre que se desvivían por darme todo el amor que le será
posible dentro de nuestras limitaciones económicas. Al perderlos, sufrí muchísimo pero entendí que hay otros que nunca conocieron ese amor, yo sí y me sentí mejor.

Cuando joven conocí una niña de la cual me enamoré perdidamente, un día la besé y estalló en mí el amor hacia aquella joven tan bella que cuando luego se marchó, mi corazón sufría tanto... Recuerdo ese momento y pienso que hay personas que nunca han conocido el amor y me siento mejor.
Un día en este parque un niño correteando cayó al piso y comenzó a llorar, yo fui, lo ayude a levantarse, le sequé las lágrimas con mis manos y jugué con él por unos instantes más y aunque no era mi hijo me sentí padre, y me sentí feliz
porque pensé que muchos no han conocido ese sentimiento.

Cuando siento frío y hambre en el invierno, recuerdo la comida de mi madre y el calor de nuestra pequeña casita y me siento mejor porque hay otros que nunca lo han sentido y tal vez no lo sentirán nunca. Cuando consigo dos piezas de pan comparto una con otro mendigo del camino y siento el placer
que da compartir con quien lo necesita, y recuerdo que hay unos que jamás sentirán esto.

Mi querido amigo, qué más puedo pedir a Dios o a la vida cuando lo he tenido todo, y lo más importante es que estoy consciente de ello.

Puedo ver la vida en su más simple expresión, como esas dos palomitas jugando, ¿qué necesitan ellas? lo mismo que yo, nada... Estamos agradecidos al Cielo de esto, y sé que usted pronto lo estará también.

Miré hacia el suelo un segundo como perdido en la grandeza de las palabras de aquel sabio que me había abierto los ojos en su sencillez, cuando miré a mi lado ya no estaba, sólo las palomitas y un arrepentimiento enorme de la forma en que había vivido sin haber conocido la vida. Jamás pensé que aquel mendigo, era tal vez un ángel enviado por el Señor,
me daría el regalo más precioso que se le puede dar a un ser humano...

La Humildad

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martes, 21 de octubre de 2014

UN ASUNTO DE MONOS


 

El señor Robinson llegó a casa fatigado llevando un gran mono cómodamente sentado en sus hombros. La señora Robinson se sintió muy preocupada al ver a su marido en semejante estado:



-¿Qué te pasa querido?- le preguntó afectuosamente -¿Por qué tienes ese aspecto tan cansado y deprimido.



-A decir verdad- repuso él -tu madre tiene tanta culpa como cualquiera. Apenas pedía verla, prorrumpió en denuestos contra mí sin parar. Ella y el resto de la familia. Santiago y Dora son por el estilo. Siempre están encima de mí. Dicen que no deberías haberte casado nunca conmigo. Tu madre decía que ella y tu padre sospechaban lo que iba a suceder…



-Tonterías querido- le interrumpió su esposa, tranquilizándole -Tú eres el mejor de los maridos del mundo. No les hagas caso. Yo les diré unas palabras la próxima vez que vaya a verlos. Lo arreglaré todo, no te preocupes. Ahora siéntate aquí y serénate. Ea, deja que te quite ese enorme mono de tus hombros.



Inmediatamente le quitó el mono y lo colocó sobre sus propios hombros. Ello hizo que el señor Robinson se sintiera muy aliviado. Serenado y de nuevo feliz, decidió ir a ver a algunos amigos del club de bolos y marchar con ellos a un pub.



Al poco rato, llegó del colegio el joven Frank. Traía un pequeño mono posado en sus hombros.



-Querido- exclamó su madre con ansiedad -qué ha ocurrido en la escuela hoy?



-Estoy harto, mamá. La profesora me ha reñido por algo que no he hecho. Dijo que era un descarado y marrullero y que daba mal ejemplo a toda la clase.



-¡Cómo se ha atrevido a decirte cosas así! Déjamela a mi cuenta. Iré a verla mañana por la mañana a primera hora. Olvídala de momento. Sal a jugar con tus amigos, y yo te llamaré cuando esté listo el té.



Apenas la señora Robinson le había quitado el pequeño mono de los hombros, Frank olvidó inmediatamente lo ocurrido en la escuela y se fue contento a jugar.



Poco después llegó Ángela a casa. Había estado en la fiesta de cumpleaños de una amiga, pero ciertamente su aspecto no era el de haberlo pasado bien. También ella traía un pequeño mono sobre los hombros, y su madre sospechó que había estado llorando.



-Qué te ocurre, querida? ¿No fue bonita la fiesta?



-Ha sido horrible, mamá. Algunas chicas me han estado insultando. Dijeron que era una niña muy mimada. ¡Las odio!



-No hagas caso, querida. Dime quiénes fueron esas antipáticas y yo informaré a sus padres exactamente de lo ocurrido. Ahora cámbiate y vete a jugar. Yo te daré una voz tan pronto como esté preparado el té. Ea, deja que te quite ese mono de tus hombros.



Así era la señora Robinson. Una mujer muy amable y muy querida; tenía numerosas amistades, que a menudo iban a verla durante el día. Ella escuchaba afectuosamente sus problemas y se mostraba preocupada al ver monos sobre sus hombros.



No obstante, según pasaban los días, la señora Robinson comenzó a sentirse también cansada. Evidentemente, no era la que solía ser y parecía preocupada por algo. Perdió el gusto por la vida, y parecía incapaz de hacer frente a sus deberes de esposa y madre. Con frecuencia ahora se lamentaba y gruñía de una manera muy extraña, comenzando a preocupar a la familia y a las amistades.



Un día, una buena amiga la tomó aparte y le habló sin rodeos:



-Escucha, Sandra; vengo dándome cuenta últimamente de lo deprimida que pareces estar. Evidentemente, sabes de qué se trata, ¿verdad?



-Bueno, en realidad no estoy segura, Gladys. Verdaderamente, no me he sentido nunca como ahora. Supongo que estoy algo cansada. Me siento abrumada últimamente, ya sabes.



-Ciertamente lo estás. El verdadero problema son todos esos monos que tienes posados encima de tus hombros. Y tú eres la única que puede hacer algo al respecto. El remedio está en tus manos. Manda de paseo esos monos. No son tuyos; ¿por qué has de llevarlos encima? Deshazte de ellos.



-¿Lo crees así?- dijo pensativa la señora Robinson.



-Sí, supongo que debo dejarlos. Después de todo, tienes razón. Realmente no me pertenecen; me parece, pues, que voy a dejarlos y que vuelvan a subirse a los hombros de las personas a las que realmente pertenecen.



En cuestión de días, la señora Robinson volvió a ser ella misma. Los monos habían vuelto a quienes pertenecían y ella sintió nuevas energías. Entonces se encontró de nuevo deseosa y capaz de ayudar a su familia y a sus amistades.

Anthony de Melo  


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lunes, 20 de octubre de 2014

EL ARBOL DE LOS PROBLEMAS



El carpintero que había contratado para ayudarme a reparar una vieja granja, acababa de finalizar un duro primer año de trabajo. Su cortadora eléctrica se dañó y le hizo perder una hora de trabajo y ahora su antiguo camión se negaba a arrancar. Mientras lo llevaba a su casa en mi automóvil, permaneció en el más absoluto silencio. Una vez que llegamos, me invitó a conocer a su familia.

Mientras nos dirigíamos a la puerta, se detuvo brevemente frente a un pequeño árbol, tocando las puntas de las ramas con ambas manos. Cuando se abrió la puerta, ocurrió una sorprendente transformación.

Su bronceada cara estaba plena de sonrisas. Abrazó a sus dos pequeños hijos y le dio un beso a su esposa. Posteriormente me acompañó hasta el coche. Cuando pasamos cerca del árbol, sentí curiosidad y le pregunté acerca de lo que había visto hacer un rato antes. "Oh, ese es mi árbol de los problemas" contestó. Sé que no puedo evitar tener problemas en el trabajo, pero una cosa es segura, los problemas no pertenecen a la casa, ni a mi esposa, ni a nuestros hijos.

Así que simplemente, cada noche cuando llego a casa, le digo al Señor "Te dejo colgados mis problemas en este árbol. Ayúdame por favor, Señor, a afrontarlos de la manera más adecuada" .


Luego por la mañana los recojo otra vez diciendo: "Señor, recojo nuevamente mis problemas. Ayúdame por favor a resolverlos". Lo maravilloso es, dijo sonriendo, que cuando salgo por la mañana a recogerlos, no hay tantos como los que recuerdo haber colgado la noche anterior, gracias a Dios



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